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LA LAGUNA, ENCRUCIJADA

Apenas unas palabras para el edil don Badel

Líbreme Dios, a estas alturas de mi larga vida, entrar en polémicas o rifirrafes, sea con un edil o con el lucero del alba. El fragor de las refriegas, que en años lejanos era la salsa que aliñaba con frecuencia el tedio o el estrés del diario menester del periodismo en tiempos difíciles, ha devenido sin poderlo remediar en una mezcla de melancolía y escepticismo, la que produce mirar alrededor tuyo y ver cómo está trepando la mediocridad, la falta de rigor allí donde debiera ser todo lo contrario, y cómo avanza la posverdad, esa distorsión deliberada de la realidad de los hechos para influir en la opinión pública y hacerse un hueco.

Don Badel Arvelo Hernández, concejal de Fiestas del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna, contrariado a lo que parece por la defensa que he hecho, en cumplimiento de mi deber como cronista oficial de la ciudad, de la verdad histórica sobre la pretendida celebración del 75 aniversario de la Romería de San Benito Abad, no ha encontrado manera más amable de contradecirme que la descalificación personal, aunque asegure que me tiene «un profundo respeto». No seré yo quien entre en ese resbaladizo terreno; viejo periodista, estoy vacunado desde hace largo tiempo. Nunca fui proclive a bailarle el agua a nadie y sí, llegado el caso, a decir las verdades como hay que decirlas, aunque no agradara. Parafraseando a Juan de Mairena, heterónimo del gran poeta Machado, la verdad es la verdad, se empeñen quienes se empeñen en retorcerla o en lo contrario.

Don Badel afirma con aire mayestático que «nosotros hemos tenido acceso a información y a un estudio sobre cuándo fue la primera romería, y se constata que fue en 1947». Pues bien: si, como dice tan solemnemente, es tanta y tan rotunda esa información y de tanta valía ese supuesto estudio al que ha tenido acceso, que no se los guarde una y otro para sí, que los muestre públicamente para que toda la ciudadanía los conozca y juzgue en consecuencia. Y si de esa forma «se constata», no por cualquier advenedizo sino por quien o quienes tienen reconocido prestigio para pronunciarse con autoridad en el asunto, que este cronista ha incurrido en error, lo que sería por mi parte imperdonable, no tardaré un segundo en reconocerlo de manera paladina y sin ambages y pedir cuantas disculpas y satisfacciones se me exijan.

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