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Tal cual

Pablo Paz

El pensamiento mágico de la izquierda progre

Partiendo de la base de que la izquierda marxista jamás ha pedido excusas, y menos aún perdón, por el daño ocasionado desde su nacimiento en el siglo XIX, no es de extrañar que decidieran versionar sus principios, armándose ideológicamente contra el liberalismo y sus derivados, transformándose en los guías del progresismo patrio. Para ello, idearon la revolución de laboratorio, con la misión de crear un nuevo orden donde, al menos en las universidades que es donde comenzó todo allá por el 68, consiguieran destruir el saber, la cultura del esfuerzo y, como no, el propio liberalismo.

Como arma, decidieron utilizar la ingeniería social y, como herramienta, el lenguaje. De esta manera, y al darse cuenta de la importancia política y revolucionaria que tiene la palabra, convirtieron en dogma sus mensajes sectarios e ideológicos. Consiguieron poner en práctica el neolenguaje –Léase a L. Althusser y a G. Orwell–, para favorecer la imposición del carácter opresivo y manipulador de sus ideas. Para este fin, tenían que elegir a un enemigo: por supuesto a la burguesía; pero también el patriarcado, la familia, la iglesia y cuantas instituciones se opusieran a lo que ellos entendían como relativismo moral y cultural. Incluso, han extendido la idea –a través del relativismo moderno–, de que la objetividad, incluido el mundo científico, no es más que una construcción social, de la que hay que huir como de la peste.

La izquierda progre, a través de la mutación activista del lenguaje, ha impuesto un nuevo concepto de justicia social repleto de subgrupos que se consideran, cómo no, víctimas propiciatorias del capitalismo y del patriarcado. Han pasado, sin apenas despeinarse, de la defensa de la clase obrera a la defensa de los llamados grupos identitarios: feministas, antirracistas, radicales, LGTBI, e incluso los defensores de los grupos queer o del movimiento woke. Enarbolando la bandera de la raza y del género, convencidos de tener el monopolio de la verdad y como argumento para dar la batalla del cambio social; reduciéndolo todo a un combate simplista entre el bien y el mal.

Sin duda, nos encontramos ante una batalla cultural por controlar y dominar la lengua. Por desgracia, la izquierda progre, ha convertido una cuestión lingüística en una cuestión política. Es lo que se ha dado en llamar el pensamiento mágico. Que no es otra cosa que no ser capaz de separar la realidad de la ficción y/o del deseo. Esto, en verdad, va de quién tiene el poder. De quién es capaz de decidir qué palabras son correctas y cuáles no. Incluso piensan que, si cambian el lenguaje, las palabras y su significado, cambiarán el mundo; aunque sean conscientes de que su neolengua tenga mucho más contenido político que intelectual.

Pero ahora, han decidido dar un paso más; mucho más peligroso y arriesgado, pero decisivo para conseguir sus verdaderos objetivos: controlar la educación de nuestros hijos. Y, para ello, convinieron educar y formar a los futuros docentes; de tal forma que fueran críticos con las reglas establecidas y se convirtieran, del algún modo, en la conciencia del cambio para conseguir implantar en nuestras escuelas públicas el adoctrinamiento socialcomunista. Es lo que llaman «educar en valores» y fomentar la perspectiva de género utilizando la gestión emocional para conseguir las oportunas destrezas afectivas e incluso sexuales en las distintas asignaturas, las que queden, hasta conseguir buenos y obedientes ciudadanos.

Esta pretendida reeducación de los alumnos, llevada a cabo por sus profesores reconvertidos en ingenieros sociales, lo que en realidad persigue es acabar con los saberes y valores de nuestra civilización. Una civilización occidental que, si no se ataja a tiempo, seguirá mermando y vaciándose de contenido hasta que no quede nada que salvar.

macost33@gmail.com

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