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Ana Martín

Artículo Indeterminado

Ana Martín

Periodista

Las niñas tristes

Milena tenía los ojos tristes y Silvia tenía el labio superior atravesado por una hendidura, que le daba un aspecto de forajida muy inquietante para sus trece años.

Las dos eran distintas y con ambas tuve una suerte de amistad, toda la amistad que puede tener una niña de diez años con dos muchachas preadolescentes. En realidad, la edad era lo que menos nos separaba.

Milena y Silvia eran niñas de la Casa Cuna. Las dejaron allí sus madres, quienes cargaron con el dolor repetido de parir y de tener que entregar lo que tanto les había costado traer al mundo. Niñas que, desde que tenían memoria, habían lidiado con el rechazo. No las pusieron en el torno nada más nacer. Cuando ya no pudieron cuidarlas, las entregaron a la beneficencia para que se hiciera cargo de ellas.

Milena era rubia, menuda. Las camisas blancas del uniforme, finitas y algo raídas, heredadas de otras y otras y otras niñas como ella, hacían que se le transparentara un sujetador enorme para su edad que, sin embargo, no intentaba esconder. Silvia era castaña, espigada y bellísima, aun a pesar de la presencia de ese corte en el labio que le daba, ya lo he dicho, un aire canalla a su cara de virgen renacentista.

Las dos se habían besado ya con chicos. Las dos conocían cosas que yo ni siquiera atisbaba.

En el muro bajo que estaba junto a la entrada del colegio pasábamos algunas tardes. Ellas comiendo pipas hasta que viniera a buscarlas el micro y yo observándolas, escuchándolas, descubriendo qué sucedía, cuando nadie miraba, en ese mundo que no era el mío. Una de esas tardes, Milena lloraba desconsolada.

«¿Qué pasa?», pregunté.

«Nada, que a esta se la quieren llevar la madre y el padrastro a los invernaderos y ella no quiere dejar el colegio».

«¿Y entonces?»

«Entonces, nada. Fueron a hablar con las monjas y la sacan para llevársela».

Milena seguía llorando.

Ese día, al llegar a mi casa, con una inquietud desconocida en el estómago, le conté a mi padre lo que había sucedido con mis amigas, esperando que pudiera ayudarlas.

Y ahí supe de esas realidades que pasaban cerca de mí, pero no me rozaban. Ahí entendí del dolor de madres y padres que no podían alimentar a sus hijos y tenían que entregarlos antes de que se los quitaran los servicios sociales, que, entonces, seguramente, no se llamaban así. Muchos los dejaban allí como una solución temporal, hasta que mejorara su economía. Otros no podían o no querían volver a buscarlos. O, cuando volvían, ya no los encontraban.

En ese momento me enteré de que a los niños y niñas de la inclusa, durante siglos, se les añadía otro estigma al del abandono: apellidarlos Expósito, marcando su destino y el de sus descendientes, para que todo el mundo supiera de dónde venían. No se fuera nadie a creer que eran gente querida y bien criada.

Supe que en Gran Canaria había un apelativo con tinte despectivo para esos niños: «santaneros», derivado del apellido –Santana– que se les ponía al ser recogidos, porque en la plaza de Santa Ana estaba la institución con el torno donde los dejaban.

Supe muchas cosas que me gustaría no haber sabido tan pronto, que me hicieron entender la tristeza de las niñas tristes, y, sobre todo, sirvieron para descubrirme privilegiada, porque en mi colegio, público, el uniforme, que pretendía igualarnos, no podía esconder que en aquel patio rodeado de laureles de indias convivían muchos mundos que, al salir de allí, jamás volverían a cruzarse. Del mismo modo que yo, desde de aquel día, no volvería a ser nunca la misma.

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