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Alberto Lemus

Ecos de Andalucía

Andalucía calienta el verano en España como sol de junio. A estas alturas son conocidos los resultados de unas elecciones autonómicas anticipadas que han deparado mucho más que los 58 escaños del popular Juanma Moreno. ¿Inesperado? No tanto. El pueblo ha optado, como suele hacer, por la gestión y la tranquilidad, y lo mismo las mayorías absolutas no son cosa del pasado. El presidente de la Junta amplía notablemente el apoyo que tuvo en la anterior cita con las urnas, mientras el PSOE, que ya había tenido un resultado muy malo entonces, todavía ha caído más en el que fue su feudo inexpugnable casi cuarenta años. Perdieron hasta Sevilla, y quedan para la posteridad las desafortunadas declaraciones de su portavoz, Adriana Lastra, la noche electoral, casi en shock. Hubiese sido mejor limitarse a felicitar al ganador.

No le fue mucho mejor a Vox, que da síntomas de estancamiento. Como les ocurrió en Madrid, se enfría el triunfalismo de quienes hace menos de un año se autocoronaban líderes en su espectro político. Una desacertada campaña de la candidata Macarena Olona, carne de memes, y la falta de propuestas más allá de cuatro soflamas, han terminado por espantar al votante. Digo yo que tendrán que empezar a comprender que el extremismo también tiene sus límites, y que una grandísima mayoría de la gente apoya sistemáticamente en las urnas a aquellos candidatos con los que se irían de tapas. Dicho en pocas palabras: Hay que caer bien.

Por Andalucía y Adelante Andalucía pagan la división del proyecto de Podemos. Condenados a la irrelevancia, escenifican su lejanía de una sociedad más plural que lo que ellos se empeñan en demostrar en tuits cargados de odio: Han abandonado las calles y han dejado de respirar el mismo aire que la ciudadanía. Convertidos en aquella casta de la que rajaban por sistema y desnudas las carencias de un invento en el que ya solo creen cuatro románticos, parece que solo queda blandir el miedo a las derechas que lo mismo sirven para justificar sus malos resultados que para distraer el peso de la imputación de la vicepresidenta de la Comunidad Valenciana, también caída en desgracia. Pueden consolarse: A Ciudadanos les va todavía peor.

Sigo sin entender por qué hay políticos que se empeñan en no asumir que las elecciones las pierden ellos, que no reconocen la victoria del rival y, peor aún, descargan las culpas sobre los electores, como si Andalucía, Madrid o el pueblo que sea, no fuera lo suficientemente inteligente como para votar en libertad lo que se le antoje. «Noche difícil, voto a los nazis, mala noticia para el pueblo andaluz…». Bordeando el insulto al electorado. Todo menos asumir que, sencillamente, te vota menos gente porque gustas menos. Tan simple: Se eligió moderación.

Es cierto que el carisma del candidato popular, que pilotó una campaña pacífica, de menos a más, fue decisivo, pero las andaluzas se han jugado en clave nacional. ¿Será que muchos están empezando a perder el miedo a votar? ¿Es posible que estemos ante una censura a un Gobierno de la Nación que sabe lo que le espera? Lo mismo es que la gente está harta de que se nos enseñe el comodín de la ultraderecha para enmascarar que pagamos cada vez más caras la gasolina y la electricidad, que un sueldo de 1.200 euros no llega para subsistir, o que se siga rindiendo pleitesía a Bildu, Esquerra y lo que quiera que hoy sea Podemos, mientras se ensalzan unas políticas sociales que nadie percibe. La proverbial resiliencia de Sánchez ha terminado por derivar en negación de la realidad, y que no corrija el rumbo de su barco es la mejor noticia para un Núñez Feijoo que parece venir surfeando un verdadero tsunami, cuando había heredado los restos de un naufragio. Galicia, Madrid, Castilla y León… Se oyen ecos de Andalucía y supongo que el presidente sabe que tiene los días contados, que durará el tiempo que sus socios lo mantengan, salvo que un nuevo giro de guion lo introduzca de nuevo en el juego. O que él mismo opte por echarse a un lado, una opción nada desdeñable.

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