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con la historia

¿Quién inventó los cuadernos de verano?

Este miércoles es el último día de curso para el alumnado de primaria y comienzan las vacaciones escolares. Mientras los niños están entusiasmados, los padres disimulan el ataque de pánico incipiente que les asalta de solo pensar que hasta septiembre deberán tener la prole entretenida. Y aunque los móviles, las tabletas, los videojuegos y toda cuanta pantalla existente emergen como una especie de sirenas para tentar a los pequeños Ulises, muchas familias intentan que no se pasen todas las horas del mundo abducidos en el planeta de los bits. Como estacar a las criaturas en el mástil de la nave como el protagonista de La Odisea de Homero seguramente traería problemas legales a los progenitores, se buscan otros métodos de entretenimiento. Y es entonces cuando hacen acto de aparición los cuadernos de vacaciones, aunque para más de una criatura se vean más como una tortura que un pasatiempo.

Es posible que con las tecnologías digitales, para las generaciones del siglo XXI estos libritos coloreados no tengan la significación que tuvieron para sus padres, que quizás todavía arrastran el trauma de cuando les obligaban a hacer el cuaderno. Pues, aquí y ahora, a unos y otros les explicaremos quién fue su inventor a nivel europeo. Para eso es necesario trasladarse a la Francia de 1932.Ese año, un joven representante de papelería llamado Roger Magnard se casó con Suzanne Saint-Martin, hija de un librero de Guéret, una ciudad de la Nueva Aquitania, región del centro del Hexágono.

Atractivo para la vista

Con la idea de mejorar los ingresos familiares empezó a pensar cómo podía conseguir un pico de ventas de material escolar al igual que ya había uno en otoño con el inicio de curso. Encontró la inspiración en unos pequeños libros llamados Deberes de vacaciones que publicaba Raymond Fabry en la colección L’école des bons livres. Se trataba de un compendio de ejercicios para consolidar los conocimientos del curso finalizado y preparar el siguiente.

Basándose en ese concepto, Magnard quiso hacer uno que, además de ser útil, también fuera atractivo a la vista. Imprimió unos cuadernos grandes, de colores vivos, llenos de actividades más bien lúdicas que ofrecían entretenimiento al tiempo que ayudaban a repasar. Llevaban adivinanzas, espacios para dibujar, collages, sopas de letras... Los puso a la venta solo en el área de Guéret y esperaba colocar unos seis o siete mil a lo sumo, pero el éxito superó todas las previsiones y alcanzó los 50.000. Los niños de esa parte de Aquitania iban locos por conseguir que los padres les compraran un cuaderno. Aquello animó a Magnard a ampliar la oferta y la tirada y en 1938 ya superó los 300.000 en todo el país. Ni la Segunda Guerra Mundial detuvo el negocio: en 1948 alcanzaba el millón de ejemplares vendidos y durante la década de los cincuenta todo el alumnado francés pasaba el verano acompañado de un cuaderno de ediciones Magnard. Además, se convirtió en un fenómeno social porque para estimular las ventas cada septiembre organizaba un concurso para premiar a los cuadernos mejor acabados. Los premios eran espectaculares para la época: bicicletas, televisores de color e incluso ¡un coche! Con ese señuelo, se aseguraba que los mayores eran los primeros interesados en comprar los cuadernos para sus criaturas y en animarlos a que los completaran.

Durante los años setenta, con la llegada de las grandes superficies comerciales a Francia, otras editoriales aprovecharon para lanzar al mercado sus propios cuadernos, que eran distribuidos a través de los supermercados junto al material escolar. Fue justo en ese momento que en España también empezaron a venderse las primeras versiones locales de aquel producto francés. Y, sin lugar a duda, el sello que logró convertirse en el gran referente de este sector fue Santillana con los cuadernos llamados Vacaciones Santillana, que marcaron la niñez de las generaciones nacidas a finales de los setenta y principios de los ochenta. Seguro que más de uno de los que entonces se escaqueaba de hacerlo, ahora persigue a los hijos para que terminen el suyo.

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