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Juan Gaitán

El nombre exacto

¡Qué hondo misterio es un nombre! Es un misterio hondo como todo lo que da la vida. En el nombre radica la esencia de las cosas. Por eso he visto natural que los habitantes de Don Benito y de Villanueva de la Serena tuvieran menos problemas para la fusión administrativa de sus municipios que para llegar a un acuerdo sobre el nombre que llevarán en adelante. Ni Concordia del Guadiana ni Mestas del Guadiana, nombres propuestos por una comisión que había trabajado de manera altruista durante cien días, han gustado a la gente.

En el conocido poema El Golem, Borges dice que «el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo».

Tan profundas son estas creencias desde la antigüedad, que no son pocas las mitologías y religiones en las que los dioses que ocultan su verdadero nombre. Es conocida la historia del dios egipcio Ra en torno a esto. Ra fue mordido por una serpiente y el veneno le inundó, provocándole terribles dolores. Entonces Isis se le acercó con dulzura y le dijo: «si me dices tu nombre secreto podré sanarte», a lo que Ra respondió: «Yo soy Khepri por la mañana, Ra al mediodía y Atum al atardecer». Pero Isis argumentó: «Tú sabes bien que esos nombres son conocidos por todos. Lo que yo necesito para curarte es tu nombre secreto». Ra le susurró: «Antes de que mi nombre pase de mi corazón al tuyo, júrame que no se lo dirás a nadie salvo al hijo que tendrás al que llamarás Horus. Y Horus deberá jurar que el nombre permanecerá en él por siempre. No se lo debe comunicar ni a otros dioses ni a los hombres». Isis lo juró y el conocimiento del nombre secreto pasó del corazón de Ra al corazón de Isis. Entonces Isis dijo: «Por el nombre que conozco, ordenó que el veneno abandone el cuerpo de Ra para siempre». Y Ra sanó.

Si las palabras nunca son inocentes, cómo iban a serlo los nombres, las palabras mayores. En el Crátilo, Platón habla de la relación entre las palabras y su significado. En el diálogo se enfrentan dos posturas, la que defiende la conexión natural entre el nombre y lo nombrado, y la que cree que su relación solo es fruto del arbitrario azar.

Es una vieja discusión, casi tan vieja como la historia de la Humanidad, expresada con claridad por Ferdinand de Sausurre, entre la connotación y la denotación: la connotación afirma que los nombres propios son simples etiquetas identificativas, mientras que la denotación dice que los nombres propios tienen un significado que se deposita en las personas cuando se les dota de uno, lo que implica una serie de relaciones entre quien lo porta y la fuente de la cual proviene ese nombre, es decir, un significado, y ese significado es una definición. Acaso por eso Juan Ramón Jiménez pedía «inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas», ese que las designa en su totalidad, y que es, acaso, inabarcable.

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