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SANGRE DE DRAGO

El uso sanitario del diminutivo

No se lo creerán, pero comienzo a tener cierta consciencia de persona mayor. No porque me salga espontáneamente, pues solemos tener conciencia de una edad menor de la que realmente tenemos, sino porque me acaban de hacer una limpieza dental. Y, en medio de su trabajo, me preguntó por qué sonreía si suele molestar el limpiador eléctrico. Le respondí que porque llevaba toda la sesión usando conmigo diminutivos.

Realmente solo le faltó acurrucarme como a un bebé. Un momentito, un poquito, un ratito, más abiertita, y un etcétera que me resultaba conocido por haberlo oído en otros ámbitos sanitarios con mis abuelos, o con personas mayores en diferentes ocasiones. Debe ser cierto que los extremos se tocan, y que el trato a los niños y a los ancianos adquiere notas de similitud. Y a veces similitudes diminutas.

¿Me molestó? No, qué va. Solo escuchaba y sonreía tomando conciencia de que para ella yo ya entraba en el nivel del trato –convertido en tópico– a las personas mayores.

A los niños no se les debe hablar mal, porque deben escuchar bien para aprender adecuadamente a entender y reproducir las palabras que le servirán para comunicarse adecuadamente. No hace falta balbucear para que nos entiendan. Son ellos los que deben imitar a los mayores, no los mayores los imitadores de su forma infantil de hablar. Lo mismo con los mayores: no hace falta bajar la gravedad del idioma para que puedan entender. Es más, considero que entienden bien si normalizamos nuestra comunicación.

Porque luego nos quejamos del irrespetuoso uso de la escritura como consecuencia de las reducciones escritas en las aplicaciones de mensajería instantánea a la que todos estamos tan acostumbrados. Es una compasión estéril de la dificultad ajena que no es necesaria. Los niños han de entendernos progresivamente y los mayores siguen entendiéndonos, aunque sumen años a su DNI.

Detrás de todas estas simpáticas experiencias, está el valor del respeto. El reconocimiento del otro ha de ser siempre noble, y consecuencia de su inherente dignidad. Especialmente el de aquellos que son dignos de especial atención por su condición limitada. Todos somos dignos de respeto. Y el respeto se concreta en un respetuoso trato interpersonal. Este no tiene nada que ver con la distancia y el engolado trato reverencial.

Una sociedad que no es delicada con sus mayores, tiene un flaco futuro, porque lo lógico y oportuno es que todos nos hagamos mayores. Y una sociedad que no reconoce como personas dignas de respeto a los menores, aún tiene menor futuro.

Soy consciente de que esta actitud de aplicación del diminutivo en el discurso no es general en el ámbito sanitario. Hay muchísimas personas –la mayoría, sin duda– que mantienen un trato humanitario y respetuoso digno de ser reconocido. Hay cercanía y respeto, hay acogida y ánimo, hay paciencia y una adecuada exigencia. Hemos avanzado muchísimo en este ámbito de la vida social.

Para quienes han consagrado su vida a cuidar al otro, en cualquier sentido que lo hagan, desde acciones sociales en general, sean o no sanitarias, no podemos olvidar que el cuidado exige el respeto. Y que respetar es reconocer que la otra persona, independientemente de su situación, es digna, siempre y bato cualquier aspecto.

No lo olvidemos: un respetito es muy bonito.

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