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Humberto Hernández

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Humberto Hernández

Sobre los tóxicos: reflexiones lingüísticas y extralingüísticas

Muchos son los que se sorprenden de que una misma palabra pueda acumular varios significados, pues creen que esta circunstancia puede ser síntoma de empobrecimiento de la lengua y origen de frecuentes confusiones: nada más lejos de la realidad. Este hecho lingüístico, denominado polisemia, es uno de los grandes milagros de las lenguas, pues las palabras pueden poseer varios significados sin que se produzca una interpretación errónea, porque la propia distribución sintáctica (el contexto en que se sitúa la palabra en el enunciado) es un elemento más que contribuye a delimitar con claridad cada uno de los sentidos; así, nadie confundiría los significados de la palabra banco en los contextos «Tomaba el sol sentado en un banco»; «Fue al banco a abrir una cuenta»; «El barco encalló en un banco de arena»; «Acudiré a donar en el banco de sangre»; son algunos ejemplos en los que puede observarse que la polisemia, lejos de dificultar la comunicación, facilita en buena medida que podamos tener a nuestra disposición una gran cantidad de significados diferentes asociados a un número limitado de palabras. Difícilmente podríamos memorizar todos los significados de una lengua si a cada uno de ellos le correspondiese una palabra.

Y las palabras evolucionan, y esta evolución no puede interpretarse como degradación, pues es la señal más clara de que la lengua está viva; y en este proceso evolutivo, por diferentes mecanismos, que los hablantes aplicamos inconscientemente, las palabras pueden adquirir nuevos significados, que, una vez generalizados, pasan al dominio general y se registran en las páginas de los diccionarios. De modo que, por ejemplo, las que en un principio fueron voces exclusivas para hacer referencia a las sensaciones gustativas, como dulce, amargo, salado, ácido o agrio , adquieren nuevos valores cuando se sitúan en contextos como «momento dulce» (‘que es bueno’), «verdad amarga» (‘que disgusta’), «persona salada» (‘graciosa y desenvuelta’) o «carácter agrio» (‘desagradable en el trato’). También los estados de la materia, que todos aprendimos en los primeros años de escolarización, dejan de ser tales para adoptar nuevos significados en frases como «sólida resolución» (‘firme e inamovible’), «juicio gaseoso» (‘vago e indeterminado’) o «sociedad líquida» (‘carácter fluido y volátil del mundo actual’, según el sociólogo Z. Bauman).

En esta línea de traslación de usos propios de la ciencia a otros de la lengua general, estoy observando que se vienen incorporando términos procedentes del ámbito de la geometría, y yo mismo me he asombrado de la frecuencia con que los he utilizado. Se trata del sustantivo arista (‘línea que resulta de la intersección de dos planos’) y el adjetivo poliédrico (‘relativo al cuerpo sólido limitado por superficies planas’), pues en un contexto como «Es este un asunto poliédrico, ya que presenta muchas aristas», aparecen con sus recién estrenados sentidos de ‘que tiene muchas facetas o aspectos’, para poliédrico, y con el valor de ‘dificultades’ para aristas. Las nuevas acepciones ya están registradas en las últimas ediciones de los diccionarios, lo que demuestra que se han generalizado y han sido aceptadas. Si bien he de insistir en el hecho de que su inclusión en los diccionarios es solo una garantía de que la mayoría de los hablantes puede reconocer los nuevos sentidos, pero no una condición necesaria: hay muchas palabras no registradas en los repertorios léxicos que por su extensión y aceptabilidad reconocidas poseen exactamente la misma legitimidad, como sucede, por ejemplo, con la voz tóxico.

«Que contiene veneno» o «que produce envenenamiento» (’una sustancia tóxica’) son los significados originales de la palabra tóxico, y con estos dos sentidos la registran los diccionarios; sin embargo, últimamente ha adquirido un nuevo valor cuando se aplica, sobre todo, a personas, y esto, lo confieso, no es un feliz descubrimiento semántico, pues, como hemos dicho tantas veces, la lengua es fiel reflejo de la sociedad, y en ella queda representada todo lo bueno y también todo lo malo o negativo.

Hay ámbitos en los que he observado que tiene un amplio uso, como, por ejemplo, en el periodismo, en el que, lamentablemente, encontramos profesionales que, lejos de cumplir con su elevada y responsable función constitucional de informar, se ocupan de sembrar la discordia y provocar el enfrentamiento entre las personas, insultando y amenazando con la prepotencia de quienes creen ser los «dueños del secreto» (¿qué secretos?, me pregunto), mostrando una ética lábil cuando no inexistente. Para los tóxicos, reproduciré las recomendaciones del maestro García Márquez, quien exigía para los responsables del «mejor oficio del mundo» (recomiendo su artículo) «una ética a toda prueba. [ya que] todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón».

Los periodistas tóxicos suelen aprovechar el libérrimo y descontrolado canal de las redes sociales y el de cierta prensa digital, con columnas o secciones que se identifican con títulos que ya delatan el amarillismo y toxicidad de su contenido. Nombres o frases cuyo significado se asocia a la misma idea de chanchullo, de reunión de personas que realizan asuntos sucios, allí donde se maneja el cotarro, y alguna pista, sin quererlo, acabo de proporcionar.

Hay otros profesionales tóxicos que desde el mismo seno de las instituciones, organismos o empresas a las que pertenecen (o pertenecieron) se dedican a promover el desencanto y el desconcierto entre los trabajadores, para crear malestar con el objetivo de dar la falsa imagen de que algo funciona mal porque ya no están ellos, que no pueden dar rienda suelta a sus tejemanejes, y critican la gestión de quienes comprometidos con la correspondiente entidad adoptan medidas que, por justicia, no favorecen sus ambiciones de poder y de control conseguidos a base de privilegios inmerecidos.

Se detecta la presencia de los tóxicos quintacolumnistas en el ámbito de la educación. Siempre destacan los aspectos negativos, la «penosa» situación de los centros docentes, deficiencias en lo material y en lo humano: nada ni nadie se salva. O insisten en el bajísimo lugar que ocupan nuestras universidades y, en general, nuestros estudios superiores en los ránquines, tantas veces amañados, lo sabemos, y que en nuestro ámbito autonómico solo sirven para avivar viejas rencillas provinciales, en lugar de fomentar la cooperación y el progreso.

Que hay mucho que mejorar, por supuesto; pero también es verdad que contamos con valores que deberían reconocerse, pues su reconocimiento contribuiría a mantener la ilusión y el deseo de seguir mejorando. Invito a que se consulten parámetros objetivos y públicos, si es que se quiere continuar con el sistema de las comparaciones, antes que ponerse a trabajar. Puedo afirmar que en el seno de la Universidad, quienes trabajamos no tenemos por qué sentir ningún tipo de complejo injustificado, pues podemos competir (si de esto se trata) con cualquier universidad del Estado. Entiéndase esta afirmación con la justa relatividad: unas universidades, por diferentes circunstancias, presentan más «fortalezas» que otras en determinadas áreas: y las nuestras (las dos universidades canarias) las tienen en muchas. Nuestros currículos son públicos, y pueden consultarse en las páginas de los departamentos, en google scholar, en dialnet, en los portales de ciencia, etc., etc. También deberían estar ahí los de los críticos tóxicos: a ver.

Y qué decir de las valoraciones (infravaloraciones) que proceden de algunos profesionales de la Sanidad y que magnifican los periodistas tóxicos en sus tóxicos libelos: «¡En este hospital se está matando a la gente!»; «¡Los pacientes se hacinan en las urgencias!»; «¡No podemos aceptar que todos los fondos del Ministerio vayan al Hospital X, ni que el Servicio Y sea mejor que el nuestro!»: ¿el nuestro?, ¿el de quién? ¿No son todos hospitales de nuestra Comunidad y de todos podemos servirnos?

Son experiencias recientes de dos ámbitos con los que yo, como muchos, mantengo cierta cercanía. Y duele la toxicidad observada en tantas personas, hasta el punto de que los propios contextos en los que he usado la voz parecen orientarse a reconocer que este nuevo sentido de tóxico empieza a tener justificación lexicográfica y entrar con todos los deshonores en las páginas de los diccionarios con esta definición: «Dicho de una persona normalmente egocéntrica y narcisista, o de sus manifestaciones, que afecta directa y negativamente a los más próximos y a sus propias instituciones».

No saben ustedes cuánto me gustaría reconocer que no tengo razón alguna en estas mis lingüísticas elucubraciones, y concluir que la voz tóxico no ha ampliado sus dominios semánticos en esta nueva y siniestra dirección.

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