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el desliz

Abolir la prostitución puede esperar

Los partidos pasan de puntillas sobre la explotación sexual de las mujeres sin atreverse a hincarle el diente a un tema demasiado «complejo», que prefieren aparcar de nuevo.

Una de las informaciones más desoladoras de todas las malas noticias que ha proporcionado la invasión de Ucrania por Rusia se refiere a la llegada a las fronteras del país agredido de personajes de diversas nacionalidades, entre ellas la española, que, en medio del caos y con la excusa de prestar a ayudar a las refugiadas, raptaban a mujeres y niñas para meterlas en redes de explotación sexual. Hay que ser mala gente. Hay que tener pocos escrúpulos y una sensación de impunidad muy grande. Qué habrá sido de esas madres y abuelas que huían con sus hijas y nietas de la mano, y se sentaron en la furgoneta de los depravados que les aseguraban que las iban a llevar a lugar seguro. Me lo pregunto estos días mientras asisto a la discusión sobre la prostitución, abolición o no. Un debate político mil veces abierto y otras tantas cerrado, que por lo que se ve este país no tiene la valentía de afrontar pese a que es el tercero del mundo con más puteros. No va bien hablarlo en la ley del derecho al aborto, ni en la de libertad sexual. Lo incluyo como una enmienda, lo retiro, y así se va a acabar la legislatura. Ojalá no lo hubieran ni mencionado, para que no se nos quede la sensación de que la práctica más flagrante de deshumanización de las mujeres no es lo suficiente importante como para ponerle un poco de interés. Otro punto de fricción de la coalición gubernamental, otra pelea de chicas por ver quién es más feminista, mejor no menearlo y pacificar las encuestas. He leído con interés las opiniones de todos los partidos políticos respecto al asunto siempre aparcado del uso y el abuso del cuerpo de las mujeres pobres para satisfacer a hombres que pagan por ello. Todas las portavoces son mujeres, y sus explicaciones se resumen en «es complicado». Efectivamente. Para las cosas fáciles ya estamos las demás, las que no cobramos un sueldazo y dietas por apretar hoy el botón rojo y mañana el verde. Se trata efectivamente de algo tan complejo como decidir si el mundo en que queremos vivir admite este tipo de esclavitud.

Lo peor de poner sobre el tapete una lacra cuyo fin no piensas abordar es que se llena la actualidad de artículos románticos en defensa del «oficio más viejo del mundo» plasmado en películas y libros, o en relación a los fracasos de otras sociedades más evolucionadas que han atacado el problema plantándose contra proxenetas y clientes. Escritos que se preguntan si persiguiendo a los secuestradores y traficantes de seres humanos, y cerrando los lugares infectos donde explotan a sus víctimas vamos a conseguir el efecto indeseado de dañarlas a ellas. Que si no estaremos ejerciendo un control paternalista del empoderamiento de las mujeres que voluntariamente deciden vender sus cuerpos. Acabáramos. No debe resultar fácil disociar la prostitución de la violencia y el machismo, pero la cultura del individualismo posmoderno que nos aflige consigue hacernos creer que se trata de una simple forma de ganarse la vida, otra de esas identidades que se eligen en libertad. Yo dispongo de un método ideal para enfriar cualquier veleidad tendente a considerar la prostitución una actividad laboral inocua. Me imagino a mi niña que viene y me dice que de mayor venderá su cuerpo por dinero a tipos asquerosos. Y no me veo acompañándola a darse de alta de autónoma, ni preguntándole qué tal le ha ido el trabajo, ni muy orgullosa cuando me cuente que es una de las mejores de su profesión.

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