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Me han regalado un fósil de cien millones de años, de ayer mismo como el que dice. Pertenece a un animal con la forma de un caracol gigante convertido en piedra, claro. Y esto es lo que extraña: su conversión. Para que haya sido posible, el cadáver del animal y la piedra han tenido que convivir durante muchos años en una intimidad tal que sus identidades han quedado finalmente confundidas.

–Hazte roca– le ha venido solicitando la piedra al caracol difunto.

–Pero déjame que conserve mi forma– ha venido respondiéndole el cadáver.

Y gracias a esa conversación muda asistimos ahora a este gran misterio biológico-mineral, semejante a una especie de transustanciación que me permite sostener entre las manos una réplica exacta, aunque mineral, de una especie viva extinguida. Pese a conocer el proceso, no deja de parecernos mágico. ¡Hay tantos asuntos cuyo conocimiento racional hemos alcanzado, pero que emocionalmente nos siguen sorprendiendo..! La propia aparición del mundo, el hecho de que un grumo insignificante de energía pudiera dar lugar a toda la cantidad de masa que vemos a nuestro alrededor continúa proporcionándonos un asombro sin límites. Esta relación, la de la energía con la masa, se puede entender, pero nunca se llega a comprender, no del todo al menos.

De modo que aquí estoy, frente a este regalo que acaban de hacerme, que no es más que una piedra, pero que es al mismo tiempo el retrato de un ser que vivió hace cientos de años. El verbo se hizo carne. La carne de hizo roca. Quizá en el fondo de toda la variedad material que conocemos hay una sustancia única de la que estamos hechos las plantas y los seres humanos y la arena de la playa y la arcilla del monte. Ahora bien, si un ser vivo es capaz de petrificase, quizá la piedra haya sido capaz de realizar el camino inverso. Tal vez es cierto que venimos del barro y que regresamos a él una vez que se ha cumplido nuestro ciclo. Se lo digo con frecuencia a un amigo científico:

–La ciencia está muy bien y creo en lo que me dice a pies juntillas, pero desde el punto de vista narrativo es más verosímil lo que cuenta la Biblia.

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