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Alfonso González Jerez

Toni Cantó | director de la oficina del español de la comunidad de madrid

Alfonso González Jerez

El juglar caradura

Toni Cantó podría definirse -benignamente- como un Kolakowski analfabeto, aunque lo más totalitario que ha conocido son las collejas de Amparo Baró en Siete vidas, la serie de televisión que le hizo fugazmente popular. Leszek Kolakowski tiene un librito delicioso e insoportable, Por qué tengo razón en todo, que es el que le habría gustado escribir a Cantó, y no esas basurientas y amnésicas memorias que ha publicado muy recientemente. El librito del filósofo polaco incluye una furibunda respuesta a las convicciones socialistas del historiador británico Edward Thompson. Más o menos le viene a decir que es un imbécil babeante. Se le puede llegar a entender. Thompson peroraba sobre el alumbramiento del socialismo con la barriga llena y desde su caliente despacho de muebles de caoba mientras que Kolakowsky había tenido que sufrir los regímenes comunistas en carne propia: persecución, cárcel, palizas, humillaciones, terror, hambre, desesperación, impotencia. Le sacaban de quicio los intelectuales occidentales que pontificaban sobre el fascinante experimento histórico que tenía lugar en Rusia y sus satélites frente a la grisura burguesa de occidente y su aceptación del capitalismo como destino final.

El relato mítico del progre que se cae del caballo camino de Damasco o de su hipoteca y descubre que todo izquierdismo es mentira y la verdad resplandece en la derecha es tan tópico y manido que hasta lo puede emplear, como se ha visto, un oportunista tan inescrupuloso como Cantó. Tiene cierta gracia -y verosimilitud- cuando te lo cuenta Mario Vargas Llosa, pero no cuando lo emborrona un bululú que ya solo se interpreta a sí mismo, a la enésima versión de su caricatura acomodaticia. No es nada sospechoso convertirse en un conservador o un liberal o un ayusista, que es algo que nada tiene que ver con el conservadurismo o el liberalismo, porque solamente consiste en una estrategia de poder basada en un carisma torticero. No, lo que se le censura a Cantó es su condición de camaleón en busca permanente e incansable de un echadero. Ayer naranja, hoy azul, mañana quién sabe. Lo importante es cobrar mucho (75.000 euros ahora al frente de la Oficina del Español) y hacer poco. Es su oportunismo cínico y lacayuno lo que hace las delicias del personal en las redes sociales.

Aunque el actor ha querido mantener un perfil bajo, cuando este papel ha requerido que expectore estupideces lo ha hecho sin dudarlo. Una de las poquísimas cosas que ha promovido y organizado su oficina es el Festival de la Hispanidad, que se celebró en Madrid alrededor del 12 de octubre pasado. Aunque su origen se remonta a 1918, durante el reinado de Alfonso XIII, cuando se la declaró una celebración de ámbito nacional, fue la dictadura franquista quien transformó el 12 de octubre en una festividad que chorreaba ideología nacionalcatólica bajo la denominación de Día de la Hispanidad o Día de la Raza. En su moderantismo habitual los gobiernos de Felipe González lo rebautizaron como Día de la Fiesta Nacional. El propósito de Cantó es volver a los viejos tiempos para contentar a sus señoritas y a su electorado. Cuando compareció ante la Comisión de Cultura del parlamento regional se extendió en un discurso menendezpelayesco que dejó atónitas a sus señorías. España no había conquistado ni colonizado América. Los asesinatos, los galeones cargados de oro, plata y sangre, la destrucción de culturas y lenguas, la explotación feroz de la población indígena, su marginalidad en las sociedades novohispanas, los virreinatos y sus pequeñas cortes, todo eso son malvadas fantasías de la izquierda. En realidad, insistió Cantó, España no conquistó ni colonizó las tierras americanas, sino que «las liberó de un poder absolutamente brutal, salvaje, incluso caníbal». Los amerindios se devoraban los unos a los otros desde Florida hasta Tierra del Fuego cuando llegaron los españoles, pusieron orden civilizatorio y les enseñaron a comer tortilla y beber vino Don Simón. Por ese motivo Cantó declaró sentirse orgulloso «de España y de la Iglesia católica».

Cientos de apesebrados

Por supuesto que Toni Cantó, el oficinista, no es más que una anécdota insignificante que forma parte de un vasto océano de pícaros, granujas y arrebatacapas que ha inundado (y deslegitimado) la política española en las últimas décadas. Uno de los muchos cientos de apesebrados capaces de integrarse a toda velocidad en una organización política (el PP de Madrid) que arrastra un pestilente legado de latrocinio y corrupción que el propio Cantó denunció airadamente hasta hace muy pocos años. Pero aún en su insignificancia, Cantó es una toxina antidemocrática que segrega una ideología idiotizadora, divisoria, iletrada y capaz de enjalbegar cualquier sinvergüencería. Abandonar el progresismo no tiene como consecuencia inevitable metamorfosearse en el pellejudo juglar de Isabel Díaz Ayuso, a la que Dios, Miguel Ángel Rodríguez y el sector de la hostelería de Madrid guarden muchos años.

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