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Jorge Bethencourt

Manual de objeciones

Jorge Bethencourt

Una deuda

Muchos jóvenes españoles desconocen que este país fue una oprobiosa dictadura. Que el general que estuvo cuarenta años en el poder murió tranquilamente en una cama. Y que es rotundamente falso que las libertades y la democracia fueran una valerosa conquista de la oposición política. No es cierto. Fue la conclusión práctica de los hijos del régimen dictatorial, de los herederos de los vencedores de la Guerra Civil. Francisco Franco nombró sucesor en la jefatura del Estado al Rey Juan Carlos I. Y este, apoyándose en políticos socialcristianos, pactó con las fuerzas de la izquierda clandestina —básicamente el Partido Comunista y los sindicatos obreros— la transición rápida y pacífica a una democracia plena.

A Juan Carlos le debemos eso, que es mucho. Hoy no supone ningún riesgo decir que los golpistas contra la República cometieron asesinatos. Hoy se puede reescribir la historia contando lo que no contaron los vencedores. Hoy quitamos las estatuas y monumentos de Franco para borrarle de la faz de las ciudades. Hoy podemos leer cualquier libro, ver cualquier película, hablar de cualquier cosa en público.

El rey impuesto impulsó una democracia en la que los marxistas leninistas vascos seguían matando a militares y ciudadanos. El ruido de sables en los cuarteles llegó al paroxismo y acabó en 1981 con un golpe de Estado que secuestró el Congreso de los Diputados. Un bochorno internacional para la joven democracia española. Hoy dicen algunos que los protagonistas del golpe eran unos payasos. ¿Payasos? ¡Y una mierda! A todos se nos heló la sangre en las venas al escuchar marchas militares por la radio y, en alguna ciudades, el ruido de los tanques por las calles. Al filo de la medianoche salió el rey por la televisión, vestido de capitán general de todos los ejércitos, y ordenó a los militares que volvieran a los cuarteles y dijo que este país sería una democracia y que había que respetar la Constitución. Y se escuchó por todo el país un silencioso suspiro colectivo. Los militares se la envainaron y todo acabó de una manera muy poco española: sin derramamiento de sangre. Un año después llegó Felipe González y transformó España.

Nuestro emérito con demérito ha sido un mujeriego. Un tarambana. Ganó dinero —los millones que le pagaron en Arabia por no se sabe qué— y defraudó a Hacienda. Abdicó demasiado tarde. Y es mejor para todos que esté muy lejos. Y callado. Vale. Lo que ustedes quieran. Pero tengo memoria. Y a ese tipo le debemos muchísimo.

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