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Juan Gaitán

El humor del hambre

Se nos ha venido encima, otra vez, la pobreza. Lo dicen todos los indicadores y también el informe del infame Banco de España, que pide que no se suban las pensiones y los salarios al ritmo del IPC (es decir, que seamos más pobres) pero no dice nada de que este es un buen momento para que sus colegas, los otros bancos, nos devuelvan todo aquello que les dimos para rescatarlos y que tanta falta nos hace, demostrando que es y siempre ha sido (y seguirá siendo) más banco que España.

De modo que otra vez la pobreza cae sobre los españoles, otra vez, o acaso sea la misma de siempre, la secular, sempiterna hambre española, un país donde triunfó en los tebeos del siglo pasado un personaje como Carpanta, tan hambriento siempre que soñaba despierto con pollos asados y nunca conseguía comerse uno.

Pero, si Carpanta fuese solo él, representativo únicamente de su época, no valdría el argumento del hambre sempiterna, pero es imposible disociar el personaje creado por Escobar de los pícaros de la novela del Siglo de Oro, con los que tiene en común esa perentoria necesidad de comer, de llevarse algo al estómago, para lo que son capaces de hacer casi cualquier cosa. El humor del hambre, tan españoles ambos, el humor y el hambre.

Si siguen subiendo los combustibles, si continúa la guerra entre los dos graneros de Europa y de más de medio mundo, si prosigue la escalada de precios de las materias primas y la voracidad de los especuladores, pronto será difícil poner un poco de comida en la mesa en muchos, muchísimos hogares. ¿Nadie se da cuenta de esto? ¿Es posible que la ceguera de los políticos, la famosa torre de marfil, esté tan alta, tan alta, que no se ve que abajo la gente lo está pasando mal? Lo dijo muy bien Machado: «En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva».

La eterna España del hambre, de las necesidades, asoma otra vez su resistente sombra y los españoles, otra vez, su resistente dignidad, reflejada en aquellos versos que alguna vez he recordado de mi admirado Juan Gil-Albert, titulados La ilustre pobreza: «en la mesa unos frutos, pan, el agua,/ un aceite dorado, una sal gruesa/ …Mi madre dice: todo se ha gastado/ nada quedó. ¿Qué haremos? Y una nube/ como de luz me envuelve, una promesa/ de rebasar lo sórdido del mundo…».

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