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con la historia

Davos, tuberculosis y economía global

Davos y el Foro Económico Mundial (FEM) vuelven a ocupar parte del espacio informativo. Estábamos tan pendientes de la pandemia que algunos nos habíamos olvidado de su existencia. Y eso que nos sirvió una de las últimas grandes imágenes mediáticas precovid: el cruce de miradas entre la activista Greta Thunberg y el que entonces era presidente de EEUU, Donald Trump. De todo esto parece que haga una vida, pero solo era enero de 2020. De hecho una de las particularidades del encuentro de 2022 es que se celebra en mayo y no el primer mes del año tal y como era habitual, ya que tuvo que posponerse porque el mundo todavía sufría la ola de la variante ómicron.

El FEM es una de esas instituciones que despierta debates apasionados. Mientras hay quien lo señala como un elitista punto de encuentro del capitalismo globalizador más salvaje, otros recurren a sus momentos estelares para defender su utilidad. Por ejemplo, en 1976 en Davos se abrieron las puertas para las relaciones económicas y políticas entre China y Occidente. También ha sido el espacio en el que celebrar reuniones para intentar resolver conflictos. Fue el sitio escogido para las conversaciones entre Grecia y Turquía; en 1989 se produjo la primera cumbre de la historia entre ministros de Corea del Norte y Corea del Sur; en 1992 Nelson Mandela y el presidente Frederik de Klerk iniciaron el diálogo para encauzar el proceso de reconciliación sudafricana después del apartheid y en 1994 el israelí Shimon Peres y el palestino Yaser Arafat hicieron un primer acercamiento de posiciones que pareció poner punto final al eterno conflicto de Oriente Próximo.

Lo que quizá no sea tan conocido es el origen del FEM. Fue idea de un profesor de economía alemán llamado Klaus M. Schwab en 1971. Inicialmente su objetivo era que Davos fuera un punto de encuentro del mundo empresarial para mejorar las formas de gestión de las corporaciones, pero dos años después el mundo cambió a raíz de la crisis del petróleo de 1973 y empezó a invitar a dirigentes políticos internacionales, consciente de que había que colaborar para mejorar el mundo. Poco a poco se fue convirtiendo en una cita imprescindible de las relaciones internacionales, pero al mismo tiempo se convirtió en un evento global por el que desfilaban celebridades de todo tipo, generando la imagen de ser un club exclusivo, reservado a las élites que decidían el futuro de la humanidad a espaldas de la ciudadanía. Y el hecho de que todo aquello ocurriera en Davos no ayudaba en absoluto, porque desde el siglo XIX aquella localidad estaba vinculada a la gente más adinerada de Europa y EEUU.

En 1853, el doctor Alexander Spengler descubrió que el microclima de aquella zona ayudaba a la recuperación de la tuberculosis, una de las enfermedades más mortales y comunes que existían en aquellos tiempos. Siguiendo sus recomendaciones, cada vez más pacientes realizaban estancias allí y en seguida se construyeron algunos sanatorios. Como es fácilmente imaginable esto solo estaba al alcance de las clases más adineradas. Aristócratas y burgueses eran los únicos que podían pagarse largas estancias en aquellos establecimientos con la esperanza de que sus pulmones se recuperaran.

‘La montaña mágica’

Uno de los que acabó de mitificar ese lugar fue el escritor Thomas Mann, al situar allí la acción de su famosa novela La montaña mágica. Aquella obra, considerada un monumento de la literatura occidental, explica la fascinación de un hombre por aquellos paisajes cuando visita a su primo que se encuentra en plena convalecencia en el sanatorio.

A partir de los años 50, los médicos empezaron a encontrar maneras más eficientes de curar la tuberculosis que mandar a los pacientes a pasear por las montañas helvéticas. Los sanatorios fueron perdiendo clientela y se reconvirtieron en hoteles. De lujo, por supuesto. Aquellos establecimientos fueron vistos como un buen lugar para celebrar convenciones como la que organizó el profesor Schwab en 1971. Después de medio siglo, el mundo ha cambiado mucho, pero estaría bien que encontraran la paz y el aire puro necesarios para que la vida de los que nunca seremos invitados al Foro de Davos no vaya a peor.

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