Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan Cruz Ruiz

EL REVÉS Y EL DERECHO

Juan Cruz Ruiz

Miles de días en los periódicos/ 11El hombre que nunca presumió de nada

Estaba de pie en la calle del Castillo de Santa Cruz. Iba con corbata, traje claro y ligero, debajo del sobaco llevaba un periódico, y siempre luego lo vería con un periódico (Le Monde, siempre Le Monde por las tardes), que había comprado en el estanco que era, en esa calle, su lugar de parada y aprovisionamiento. Compraba libros, prensa, el estanco le guardaba el orden de sus preferencias, y también compraba sobres ligeros, papel ultrafino, que le servían para su correspondencia más habitual: la que les hacía llegar a los periódicos en los que publicaba sus artículos sobre la literatura viva contemporánea. Ínsula en Madrid, La Nación en Buenos Aires. Esa tarde en que me situé a su lado en la calle más famosa de Santa Cruz debía ser de primavera, pues había en el aire esa ligereza que tiene (¡o tenía!) la ciudad tranquila cuando aún no caía a plomo la conspiración de calor y refinería que se producía los veranos. Entonces me atreví a decirle:

–¿Usted es don Domingo Pérez Minik?

Él me miró de lado. Su cara tenía entonces un accidente que ya iba siendo blanco, aquel bigote que luego prendió para siempre en el retrato de Juan Davó, que estuvo, hasta el fin de sus días, en la casa que habitaron siempre él y Rosita Camacho, su mujer. Los ojos de aquel hombre eran igualmente airosos, azulados, y aunque tendían a ser como los de un inglés indiferente, en seguida se volvían cálidos como su saludo. Él me preguntó, a su vez, quién era yo, después de afirmar «sí, soy Domingo, ¿y tú quién eres?». Yo ya trabajaba en el periódico EL DÍA, donde él (y otros amigos suyos de la época, desde Eduardo Westerdahl a Luis Alemany) colaboraban, de modo que algo sabía de mi. Así que fue pronto fluida la conversación en la calle, y fue inmediata la amistad. Esta consecuencia del encuentro no era rara con él, pues era afectuoso en seguida, se interesaba por ti, por cualquiera, como si saber de otros fuera más urgente que hablar de sí mismo.

En seguida fui invitado a su casa, en seguida fuimos amigos, él fue mi maestro, y hasta hoy siento ese magisterio como algo leve, ligero, como quería Italo Calvino que fueran las cosas importantes y también la escritura. En su casa había libros por todas partes, y una generosidad delicada con la que él y Rosita me obsequiaban tanto al almuerzo como a la cena, cuando yo me dejaba caer por su casa, solitario en la ciudad petrolera, y ansioso por saber más gracias a aquel amigo de múltiples curiosidades, el hombre de pelo blanco y rostro satisfecho que sería, hasta su muerte, uno de mis dos o tres mejores amigos y maestros, el segundo de los cuales, don Emilio Lledó, sigue felizmente vivo y acaba de publicar, por cierto, Identidad y Amistad (Taurus), que tanto dice de su capacidad para convertir la filosofía de Platón o Aristóteles en un aviso contra las maldades contemporáneas que ya fueron noticia y alerta para los filósofos que han sido desde hace décadas sus grandes maestros.

Aquella casa de don Domingo y Rosita era la casa de todo el mundo. Por razones de nuestra larga amistad, llegué a saber, o a intuir, quiénes era las excepciones a su universal manera de querer a la gente, pero también eran ambos diplomáticos, educados, y tan solo una vez (de las que me acuerdo) sentí que alguien no era bienvenido en aquella casa abierta. Por la tarde nos daban, a los intrusos que veníamos a tocar a su puerta, whisky con agua de seltz, y a mediodía a los muy osados (como yo mismo) nos convidaban a una sopa verde a la que añadían huevos pasados, que eran la parte más sólida de aquellos almuerzos. Él bebía, a esas horas, algo de vino, siempre en vasos pequeños, estriados, que muy pronto tomaba sacando el dedo índice del recipiente, que fue el primer síntoma de una deformación de las manos que ya le fue acompañando toda la vida.

La ciudad fue su vida, algo así como una hermana urbana a la que él sometía a una feliz rutina. A media mañana, después de escribir los artículos que le darían sustento en seguida que dejó de trabajar en una empresa de gasolinas y de dar clase en una academia en la que enseñaba francés, salía a la Rambla, entonces del General Franco y todavía no de Domingo Pérez Minik (quizás algún día), compraba el periódico El Día o se llevaba Le Monde (si había llegado: si no, para eso estaba la librería La Prensa), y seguía camino hasta la punta del muelle. Ese rito era el de un hombre de costumbres, pero sobre todo resultaba el símbolo del paseo, para ver gente, para saludarla, para sentirse entrañado del lugar al que amaba y al que le dedicó el mejor de sus deseos: el de que fuera mejor, una ciudad sensata que fuera a la vez moderna y clásica, como su propia manera de exigirle a la vida que no se pusiera en manos de botarates.

Los viernes por la tarde, en torno a las siete, iba con su artículo semanal al periódico EL DÍA en la avenida de Buenos Aires. Allí se encontraba con su primo legendario, Juan Pérez Delgado, Nijota, veterano ya, que iba igual que él a entregar su colaboración. Nijota, además, como había sido corrector de pruebas, rectificaba allí sus galeradas húmedas, y con ellas en la mano le señalaba a su primo cualquier cosa. Yo los miraba desde la distancia que impone la admiración, y luego acompañaba a don Domingo a donde él quería estar esos viernes por la tarde. Al Sotomayor, donde estaban sus amigos los escritores o pintores, a los que él quería y necesitaba como el aire que más quiso. El aire de la amistad.

Este 24 de mayo de 2022 hubiera cumplido años. Nació en 1903, en la ciudad (y en la tierra) a la que dedicó generosidad de escritura y afecto de hijo. Todos los años desde hace algún tiempo unos beneméritos jóvenes (y no solo el Observatorio Domingo Pérez Minik) le dedican tal día como este 24 de mayo un homenaje que hace imborrable su recuerdo. Estas palabras que quedan atrás son también un homenaje de gratitud a aquel hombre que no presumía de nada y dio sin cicatería su inteligencia y su alto sentido de la amistad.

Compartir el artículo

stats