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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Sacrificables

No sé si recuerdan aquello del presidente Ángel Víctor Torres de que Pedro Sánchez vendría a Canarias para explicar esa maravillosa carta que escribió al rey de Marruecos, en la que se plegaba a la propuesta de Mohamed VI de convertir al Sáhara en una región más o menos autónoma bajo la soberanía del Comendador de los Creyentes. Por supuesto nadie se lo tomó en serio. Sánchez adoptó esa decisión sin debatirla en el seno del Gobierno, sin consultarla con sus socios políticos, sin explicarla ni anunciarla al Congreso de los Diputados. Que se plantase aquí para ofrecer explicaciones era, por decirlo suavemente, muy improbable. Pero Torres es un presidente capaz de culminar, sin tomar resuello, grandes cumbres machanguísticas. Anuncios de acuerdos que se postergan, como ocurre con la transferencia competencial en Costas, proclamas sobre la lluvias de millones en La Palma que no impiden que cientos de damnificados por el volcán sigan durmiendo en hoteles, revoluciones de chichinabo en el sistema sanitario público mientras las camas siguen ocupando pasillos en los hospitales y ahora, en la campaña electoral más madrugadora que se recuerda, inauguraciones de viviendas y primeras piedras de proyectos convocados y a veces licitados antes de que fuera presidente. En las próximas semanas el presidente tiene la intención de visitar los antiguos terrenos de ocupaba la Refinería en la capital tinerfeña con alguna ministra. Ignoro cómo se insertará Torres en ese espacio, porque el acuerdo entre Cepsa y el ayuntamiento de Santa Cruz, que han liberado y liberarán más de 230.000 metros cuadrados para la ciudad, se firmó en 2018. Envuelto en estas fantasmagorías no es extraño que Torres pretenda que se le aplauda no solo por ideas, propuestas, proyectos o realidades del pasado en los que no tuvo arte ni parte, sino también por lo que anuncia que hará en el futuro, por ejemplo, que en el próximo curso escolar estarán disponibles plazas para niños cero a tres años en escuelas infantiles. Sin duda responde a una necesidad perentoria. Pero, oiga, ¿me permite esperar a analizar cómo lo hace para evaluar su trabajo? ¿O la crítica pública queda finiquitada a partir de la bondad de un proyecto venidero o de las buenas intenciones en el que sin duda se apoyan? ¿Cuánta sonriente soberbia política cabe en una actitud como esa?

En realidad por no venir no ha venido todavía el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Pero ha respondido a una pregunta de Pedro Quevedo, que sigue agarrado al escaño, porque la legislatura, a su juicio, no empezó al constituirse las Cortes, sino cuando se acostumbró a cenar callos. Albares le ha ofrecido a Canarias, en su respuesta a Quevedo, «ser la plataforma de España y de Europa hacia Marruecos». Por supuesto, sin entrar en enojosos detalles. “Trabajaremos juntos”, anunció Albares al diputado de NC, que masculló medio minutito, y luego se calló, no lo líen y vaya a terminar trabajando, en efecto. ¿Una plataforma a Marruecos? ¿Después de ver destruida nuestra flota pesquera y herida de muerte nuestra producción de tomate? ¿Este señor cree que Canarias acaba de llegar a África o a la Historia como él acaba de llegar al Ministerio? Lo mejor floreció, sin embargo, cuando Albares afirmó que no permitirá que la mediana que se trace para delimitar las aguas entre Marruecos y Canarias perjudique a las islas. Señor mío, ese es su puñetero trabajo, no un inesperado, valiente y meritorio objetivo diplomático. Lo que va a divertirse el singuango que envíe el Gobierno canario para ejecutar el indecente paripé que le espera.

Las relaciones de España con Marruecos son de una relevancia existencial para Canarias que ha padecido la palurda carencia de una política exterior española inteligente, activa y lúcida en el Norte de África. Y todo apunta que los intereses isleños seguirán siendo silenciosamente sacrificables.

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