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Jorge Bethencourt

Manual de objeciones

Jorge Bethencourt

Allí no, allí sí

En la macarronesia guanche no practicamos aquello que Aristóteles definía como la moderación. Para el sabio griego, la virtud es una disposición voluntariamente adquirida, que consiste en un término medio entre dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto. Eso aquí no se conoce.

Nuestra isla, por ejemplo, avanza hacia el millón de habitantes. Y eso, quieras que no, tiene un efecto inevitable sobre el territorio, las infraestructuras y los servicios. Hay una parte de la sociedad que se opone a que sigan creciendo actividades económicas, porque consumen territorio. Pero esa misma corriente de pensamiento se niega —y hasta se indigna con ello— al establecimiento de restricciones a la residencia.

No existe una regla para determinar cuánta gente puede vivir o trabajar en un sitio. En Singapur, que tiene apenas 734 kilometros cuadrados, viven seis millones de personas y cada día entran a trabajar muchos cientos de miles más. Pero tiene un PIB per cápita estratosférico. Porque el modelo económico del país, una zona libre bancaria, paraíso fiscal y centro de comercio mundial, es capaz de sostener ese crecimiento poblacional.

Nuestra isla ha desarrollado su crecimiento sobre la base del turismo. Es lo que nos ha dado de comer durante al menos cuatro décadas. Lo que ha permitido el desarrollo de una agricultura e industria mayoritariamente sostenida por los cinco millones de visitantes que vienen a dejar rentas en nuestro territorio. Pensar que el hecho de albergar a esas cinco millones de visitas anuales no tiene repercusiones medioambientales es vivir en los mundos de Yupi. Y creer que absolutamente todo debe subordinarse a ese sector estratégico está en el otro extremo de la estupidez.

Ahora mismo está en el aire un debate sobre la creación de un complejo turístico en el Puertito de Adeje. Me faltan datos para conocer las repercusiones negativas y positivas del proyecto. Pero Adeje es, de lejos, el municipio de esta isla donde se han cometido mayores barbaridades urbanísticas en la más absoluta impunidad. Y también uno de los lugares que ha dado de comer a muchísima gente, desde trabajadores turísticos a profesores universitarios. Cara y cruz.

Lo que sí pienso es que, en todo caso, tal vez sea hora de repartir la riqueza por el territorio. Hace muy poco se rechazó un proyecto de tres hoteles de lujo en la costa de Arico. ¿Por qué allí no y en Adeje sí? Nadie le podrá dar una respuesta lógica. Porque en Tenerife la lógica no existe.

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