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Letizia Ortiz | reina consorte

La reina reportera

A España no la va a conocer ni la madre que la parió, Alfonso Guerra dixit. Y, en efecto, nada tienen que ver Las Hurdes que han visitado Felipe VI y Letizia con el panorama que contempló el bisabuelo de aquel en 1922 tras un periplo a caballo por caminos tan impracticables, achicharrados y llenos de polvo que Alfonso XIII necesitó refrescarse en las aguas del río, en pelota picada, cerca de Pinofranqueado. Tampoco se asemeja la postal hurdana de hoy a la que se encontraron los reyes eméritos en 1998. Extremadura está irreconocible gracias a los fondos de la Unión Europea, pero hubo un tiempo en que no quedaba otro remedio, ni allí ni en otros confines del reino, que coger el portante, como cantaba el grupo de rock Extremoduro: «Tierra de conquistadores, / no nos quedan más cojones, / pues si no quieres irte lejos, / te quedarás sin pellejo». Así es el cuento ahora: menos población pero más recursos.

Para esta reciente excursión a la comarca, ya convertida en tradición de la casa, Letizia, the queen, escogió unas alpargatas campestres de yute, una falda midi y una camisita verde, del mismo tono que la franja superior de la bandera extremeña, una blusa de sisas que le permitía exhibir unos bíceps bien torneados en el gimnasio, más fibrosos que los de una lanzadora olímpica de jabalina. Le han dedicado memes hasta la saciedad.

–Esa chica no come. Esa mujer necesita buenos platos de puchero, de fabada, unos sanjacobos que me ponía a freírle ahora mismo.

–Cierra la boca, tragaldabas. (La tía Delia siempre habla por demás).

Desde que abandonó el Telediario para desposarse, Letizia Ortiz Rocasolano permanece escudriñada bajo una lente de aumento del tamaño de ese agujero negro al que han bautizado como Sagitario A*. Qué hace, qué deja de hacer, que si se le cae la cartera en un besamanos, qué dice, qué se pone. El otro día, en una entrega de premios con su nombre, una de las galardonadas apareció en la ceremonia con el mismo atuendo que la reina, un vestido de Mango de 49,99 euros, mitad blanco, mitad negro, y Letizia reaccionó con deportividad. Un trapito de Zara o un camisero de Carolina Herrera: todo le sienta bien. Se ha convertido en un icono de moda, de la barata y de la intocable, una mujer segura de sí misma, con su estudiado manojito de canas, una diva distante sobre la alfombra roja del glamur. Por lo demás, nos consta que lee. Bastante.

A punto de traspasar la barrera de los 50, el próximo 15 de septiembre, bajo el signo de virgo, guapa lo sigue siendo un rato. Podría parecer que los ojos, de color verdigrís, grandes e inquisidores, gobiernan el paisaje facial, pero el verdadero puntal de la cara radica en el apéndice nasal, afilado por los años y por el bisturí, una nariz romana que denota determinación, orden, meticulosidad, perfeccionismo. El mentón de luna creciente proyecta competitividad. Que saldría respondona ya se vislumbró en la petición de mano, el 1 de noviembre de 2003, cuando su prometido Felipe, entonces príncipe de Asturias, la interrumpió y ella le espetó un suave pero firme «déjame terminar». Reina y reportera son dos erres aristadas en su encaje.

En ocasiones, le turba el rostro una sombra fugaz: debió de ser durísimo asumir la muerte de su hermana menor, Érika, a los 31 años. Un presunto suicidio.

Letizia sería la dama de picas o la reina de espadas, naipes que en cartomancia simbolizan cierta hostilidad, alejamiento, una inteligencia que puede deslizarse sutilmente hacia la crueldad… Ha costado que le perdonaran el rifirrafe frente a la catedral de Palma, con las niñas y la foto, porque el respetable público no estaba contemplando un incidente con la emérita Sofía, sino un desaire para con la abuelita. ¿Pero quién no ha tenido un roce con la suegra? El pique es consustancial al cargo de nuera o yerno. Cosas de este jaez ocurren cuando una persona normal, plebeya y nieta de taxista, irrumpe en una institución medievalizante y periclitada como la monarquía en pleno siglo XXI.

Distante y fría, sí. Escrutada hasta el hartazgo, cuestionada por el más rancio abolengo, la soberana parece haber diseñado una estrategia a la defensiva: ¿queréis una reina profesional? Pues os vais a enterar. Aquí hemos pasado sin solución de continuidad de la campechanía bribona de Juan Carlos I –qué bien puesto estaba el nombre del velero–, de esconder los chistes y las fotos robadas en el cajón, al hielo frappé (por lo machacado). La apertura del melón republicano la dejamos para otra ocasión, que es tarde y viene lloviendo.

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