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Sánchez en horas bajas

Nada parece venirle de cara al presidente Sánchez en estos últimos meses. La economía mundial se ralentiza a medida que la guerra se alarga, el tsunami inflacionario reduce el ahorro de los particulares y de las pequeñas empresas, la bolsa se desploma y además se acerca la temida subida de tipos. Si las circunstancias no cambian este próximo verano, cabe esperar un otoño caliente con un aluvión de malas noticias. Los datos de que disponemos auguran tensiones en el gobierno y, con las autonómicas además a la vuelta de la esquina, más presión en el ambiente. La llegada de Feijóo ha aupado a los populares en las encuestas por una simple razón, gracias a la imagen moderada del líder gallego. Y no debemos olvidar que, en el imaginario del español medio, la principal ventaja competitiva del partido conservador no radica ni en la política internacional, ni en la educativa, ni en la cultural, sino en el manejo de la economía. La política no solo se alimenta de realidades, sino también de expectativas. Y estas favorecen ahora mismo a Feijóo.

La principal fortaleza de Sánchez sigue siendo la arquitectura variable de sus alianzas. De Bildu a ERC, de Junts a Unidas Podemos, la característica común de la entente pasa por cerrarle el paso a la derecha con el fácil pretexto de la herencia franquista. En España, se diría que todo pasa por el franquismo por más que ya no haya franquismo. Pero ese baluarte –el del franquismo, que es también el de la arquitectura variable–, se encuentra de repente asediado por el caso Pegasus y el espionaje a los socios de gobierno.

Que Sánchez se encuentra desbordado resulta evidente a estas alturas del partido. La batalla abierta entre el presidente y la ministra Robles dejará un reguero de víctimas tras de sí. Y también la posición de Bolaños ha quedado enormemente dañada tras su rocambolesca rueda de prensa del pasado dos de mayo. Y sin una firme recuperación económica, difícilmente logrará Sánchez superar el actual declive de su imagen, que tal vez se sustancie dentro de dos meses en una previsible debacle electoral en Andalucía, antiguo feudo socialista. La rueda de la fortuna no gira indefinidamente a favor, ni siquiera cuando se ha hecho virtud de la propaganda. La decepción que produce Sánchez terminará erosionando al PSOE mucho más de lo que ahora podemos creer, porque la tolerancia hacia el populismo tiene un límite cuando se es –casi por derecho histórico– un partido de gobierno. Con la economía en números rojos, un grave deterioro institucional en marcha desde hace años, el colapso educativo, la brecha emocional que ha abierto el abuso de las guerras culturales y el menoscabo que han sufrido las políticas públicas de bienestar –y no se trata sólo de una cuestión presupuestaria, sino de diseño de las mismas–, ninguna solución llegará de unas propuestas banales. Si la gran coalición fue en su día la respuesta necesaria a una crisis de Estado –una respuesta efectiva que nunca se llegó a articular–, no parece ahora que haya otra solución que un gran acuerdo reformista desde la centralidad de la política que estabilice el país y dote de confianza a la economía. PP y PSOE deberían ponerse de acuerdo.

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