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Joaquín Rábago

Cuándo «se jodió» Ucrania

Para parafrasear a Mario Vargas Llosa, tan lúcido novelista como discutible ideólogo neoliberal, hubo un momento en que «se jodió» la Ucrania postsoviética y que puede explicar cuanto ha sucedido allí después, invasión rusa incluida.

Me refiero por supuesto al llamado Euromaidán, que, como señala el agudo periodista que vivió aquel suceso, el excorresponsal de la Vanguardia Rafael Poch-de-Feliu (1), precipitó a su vez «la revuelta del este de Ucrania con padrinazgo ruso».

Aquella confusa revolución antirrusa, que llevó a la caída del Gobierno del presidente Viktor Yanukovich, estuvo precedida de la pugna entre la Unión Soviética y la Unión Europea por la adhesión de Ucrania a sus bloques económicos respectivos.

Decidida a atraer a ese país de enormes recursos agrícolas y minerales a su espacio económico, más que probable anticipo de su ingreso en la OTAN, la Unión Europea hizo al Gobierno de Kiev una oferta que Poch califica de «provocativa y desestabilizadora».

En efecto, a diferencia de la Unión Aduanera propuesta por Moscú, la oferta europea, señala Poch, se planteó desde el principio como «excluyente, no compatible y no negociable con cualquier interés ucraniano no vinculado a Rusia».

Dada la estrecha interrelación ya existente entre los mercados de Rusia y Ucrania –el 40 por ciento del mercado ucraniano era con Rusia-, abrir el de ese último país a la UE en exclusiva sólo podía perjudicar a la economía bilateral, algo denunciado por el propio ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov.

Rusia y Ucrania pidieron a Bruselas una negociación a tres bandas, pero la canciller alemana, Angela Merkel, se negó rotundamente a admitir a Rusia en cualquier negociación con Ucrania.

La misma Merkel, esto es, a la que ahora los medios de su país, beligerantes como nunca frente a Rusia, no dejan de criticar por no haber hecho nada para reducir la dependencia alemana de los hogares y la industria de Alemania del gas ruso.

Aquel tratado, explica Poch, dejaba claro que Ucrania debía «ponerse en sintonía con Europa en su política exterior y de seguridad» pese a que, hasta el estallido de la guerra, la mayoría de los ucranianos abogaba por unas buenas relaciones tanto con Bruselas como con Moscú.

La negativa a firmar el acuerdo económico con la Unión Europea por parte del presidente Yanukovich «hizo estallar el descontento social contra la corrupción, la oligarquía, el gobierno inefectivo, opaco y socialmente injusto».

Fue entonces cuando estalló el Maidán, un movimiento que, según Poch, testigo directo de aquellos sucesos, «surgió de un impulso genuinamente popular», pero que fue alentado claramente por los gobiernos occidentales y muy especial por Washington con apoyo de los medios de comunicación nacionales e internacionales.

Para acabar con el régimen de Yanukóvich, no bastaban la «intelligentsia» creativa, los estudiantes y los profesionales liberales que estaban detrás de aquel movimiento, sino que hizo falta «una fuerza de choque disciplinada y dispuesta a jugarse el físico».

Esa fuerza, explica el periodista catalán, «fue la extrema derecha armada con la ideología de tradición banderovski (del héroe fascista y ultranacinalista Stepan Bandera), apoyada por los oligarcas y los padrinos geopolíticos occidentales».

Nunca se ha aclarado totalmente lo ocurrido entonces, aunque algunos observadores occidentales, entre ellos Richard Sakwa, de la Universidad de Kent, o Iván Katchanovski, de la Universidad de Ottawa, llegaron a la conclusión de que la extrema derecha desempeñó un papel clave en aquellos sangrientos sucesos que muchos califican de golpe de Estado contra Yanukóvich.

El cambio de régimen en Kiev precipitó la revuelta del este de Ucrania, mayoritariamente rusoparlante. Primero en Crimea, que declaró su soberanía y pidió su ingreso en la Federación Rusa, y más tarde en las repúblicas también rusófilas del Donbás.

Por cierto, Poch recuerda algo de lo que también fue testigo y que hoy parece olvidado: las manifestaciones en Odesa de decenas de miles de ciudadanos contra el nuevo gobierno de Kiev y contra el nacionalismo ucraniano antirruso.

Aquella protesta, escribe, «se aplastó con otra masacre, la de la Casa de los sindicatos a cargo de la extrema derecha y los hinchas de fútbol venidos de todo el país a poner orden en la ciudad, con el resultado de 46 muertos y 214 heridos», muchos abrasados en un edificio de cinco plantas.

La respuesta del nuevo Gobierno de Kiev a aquellas protestas prorrusas fue el envío del ejército «en misión antiterrorista», lo cual dio paso a la militarización y a un escenario de guerra civil con 14.000 muertos y centenares de miles de refugiados y desplazados, algo de lo que prácticamente nunca se ocuparon los medios de comunicación occidentales.

Por cierto que Poch no se hace tampoco ilusiones sobre el régimen de Vladimir Putin y explica con razón que «Rusia actúa en la Comunidad de Estados Independientes como la URSS actuaba en Europa del Este: defendiendo el statu quo e impidiendo la autonomía social».

(1) Autor de un librito muy recomendable para entender el conflicto, titulado La invasión de Ucrania. Ed. Escritos Contestatarios.

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