Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan José Millás

Me senté y lloré

Me metí en el probador de unos grandes almacenes que resultó hallarse ocupado por un tipo al que le faltaba la nariz. «Perdón», me excusé, dirigiéndome apresuradamente al probador de al lado, donde intenté, frente al espejo, imaginarme sin ese apéndice. La camisa me estaba bien de talla, pero no me convenció su hechura, de modo que devolví la prenda y desistí de probarme otras porque la visión del hombre sin nariz me había perturbado. De vuelta a casa, en el autobús, me llevaba la mano todo el rato a ella, a la nariz, para comprobar que seguía allí. En esto, se acercó a saludarme un antiguo compañero de estudios al que le faltaba un brazo. Ya le faltaba cuando coincidimos en el bachillerato, pero entonces era el izquierdo y ahora el derecho. No puede ser, me dije, los brazos no pueden faltar de forma alternativa, hoy uno, mañana el otro. Mientras hablábamos hice memoria y lo recordé escribiendo sobre el pupitre, siempre con la mano derecha.

El asunto me ocupó mentalmente durante un par de días y luego decidí que se trataba de una de las tantas cosas inexplicables que nos ocurren a lo largo de la vida. El problema era que seguía tocándome continuamente la nariz para comprobar que no se había extraviado. Lo hacía con la mano derecha, pues había ido perdiendo casi sin darme cuenta la capacidad de mover el brazo izquierdo, que era el que le faltaba originalmente a mi compañero. Me estaba convirtiendo en un manco funcional, ya que, aunque gozaba de la extremidad, apenas podía usarla.

La situación duró unos quince días. Poco a poco, dejé de obsesionarme por la ausencia imaginaria de la nariz al tiempo de recuperar la movilidad del brazo. Decidí entonces que había llegado el momento de hacerme con la camisa cuya adquisición había retrasado. El empleado de los grandes almacenes calculó la talla a ojo y me dio una de color azul que elegí por la forma de su cuello. En un acto de audacia un poco temerario, me introduje en el probador del hombre sin nariz, que estaba vacío. Pero al desplegar la camisa resultó tener un defecto: le faltaba la manga izquierda. Me la probé de todos modos defendiéndome como pude del ataque angustia, pero resultó que el espejo tenía a la altura de mi nariz un defecto que la hacía prácticamente invisible. Así que me senté y lloré.

Compartir el artículo

stats