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José María Lizundia

El bluf lingüístico identitario, indigenismo español

El Índice era el listado de libros prohibidos por la Iglesia hasta bien entrado el siglo XX, en él encontraban ominoso registro grandes escritores o filósofos: Erasmo, Hume o Zola por sus ideas disolutas. Esta teologización del conocimiento ha regresado para devastar la libertad de pensamiento y expresión. En universidades norteamericanas como Harvard o Stanford no se pueden hacer determinadas investigaciones científicas, por ejemplo de Biología; quizá fuera Steven Pinker el que refería que en un estudio sobre crustáceos, al salir robustecidos los roles de género de esa especie, aquel quedó anatemizado. Un investigador de la Universidad de Richmond (capital confederal en la Guerra de Secesión), que pena la culpa de ser la excapital esclavista, donde las restricciones por el canon de corrección política son absolutas, me aseguró que la libertad de investigación por muy científica que sea la materia está sujeta a severos impedimentos. Un predoctorando de ideas incorrectas no encontraría director para su tesis.

Pero hay otras coacciones. La Generalitat de Cataluña ha decidido aumentar la ayuda a las tesis doctorales que se realicen en catalán, solo el 10,3% se hacen en el idioma y el 54% en tercera lengua (inglés). No les salen las cuentas (tras decenios de regulación agobiante y billones) con el catalán. De varios miles de denuncias tramitadas, según Memoria, ante la Policía Municipal de Bilbao, solo una era en euskera. Por todas las inversiones económicas, coacciones y privilegios, restricciones y discriminaciones en las dos comunidades autónomas, lo natural sería que solo conservaran el español los más viejos. Es tal su fanatismo y afán de modelación y conformación de impronta y personalidad del ciudadano, la llamada ingeniería social, que siguen sin aceptar que la elección de idioma solo dependa del hablante. Y contra esta realidad se están estrellando gloriosamente. El indigenismo español prosigue con su catequesis lingüística, estabulando el personal de hospitales, educación, todos a su alcance de imposición política floreciendo administrativamente, pero no en la pragmática y relación social. Ya no quedan dialectos en España sino solo idiomas. Los últimos dialectos que se recuerdan son los del mapa lingüístico vasco del príncipe Louis Lucien Bonaparte, todos ellos tenían obra escrita: Axular, Dechapare, Lauaxeta (y eran dialectos) que sirvieron de fundamento del euskera batúa o unificado.

En mi última estancia en Bilbao mientras el euskera cadáver de letreros e inscripciones casi avasalla, el euskera vivo de la calle no existe en Bilbao, Getxo, ni en el metro. En 15 días lo oímos tres veces. Consumado ese bluf lingüístico, asilados en partidos populistas/sanchistas y sindicatos descubren gracias a su gen cultural pionero nuevos idiomas: el bable y el altoaragonés, a lo Koldo Mitxelena, caray.

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