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OBSERVATORIO

Escuela y herencia cultural. Pedagogía vs educación

El tiempo suele hacernos trampas, pero aún creo recordar una época en la que la misión de la escuela era enseñar o, dicho de otra manera, transmitir el extraordinario caudal de conocimientos que constituye la tradición cultural de occidente. Esa era la teoría dominante y la opinión mayoritaria entre los maestros, también entre las familias, y debo confesarles, casi emocionado, que los años han aumentado mi gratitud hacia todos ellos porque aquel modo de concebir la educación nos abrió los ojos a un mundo de posibilidades inagotables. Es verdad que aquellos beneficios no alcanzaron a toda mi generación, de hecho solo los disfrutó una minoría, habida cuenta el atraso generalizado y los escasos medios con que contaba la escuela entonces. Sin embargo, sigo pensando que, en lo esencial, aquella manera de concebir la misión de la escuela era acertada. Es más, creo que no hay atajos, ni alternativas posibles, ni herramienta más eficaz al servicio de la emancipación del ser humano, que de eso se trata cuando hablamos de educación.

Hoy, sin embargo, y a pesar de que la escuela nunca ha dispuesto de más medios, los resultados obtenidos solo dejan satisfechos a unos cuantos y, por si fuera poco, la teoría ha dejado de estar clara. El grado de desorientación es tal que se sorprenderían ustedes ante el elevado número de profesores convencidos de que su misión no es enseñar, esto es, garantizar la transmisión de la herencia cultural, siempre al servicio del crecimiento personal, sino, según postula la pedagogía dominante, desarrollar las competencias de sus alumnos, promover estrategias diversas y otras declaraciones por el estilo, como si fuera posible dominar una habilidad o competencia sin un dominio equivalente de conocimientos en cualquier campo del saber, ya sea este científico o humanístico.

Me consta que la prudencia invita a guardar silencio, pero alguien tendrá que decir que una gran parte de nuestros alumnos universitarios no se expresa correctamente por escrito, carece de hábitos lectores y muestra una cultura científica y humanística muy deficiente. Pueden ustedes imaginar lo que estará ocurriendo con aquellos alumnos que no han accedido a los estudios superiores (45% aproximadamente). En el ámbito del que me ocupo, el de las Humanidades, resulta cada vez más difícil encontrar alumnos capaces de identificar el Partenón, citar una obra de Shakespeare o localizar países como Noruega, Holanda o Ucrania en el mapa de Europa. Por demás está recordar que esta situación es similar en cuanto se refiere al conocimiento del patrimonio natural y cultural de Canarias.

Este estado de cosas tiene un responsable intelectual (el pensamiento pedagógico dominante) y un responsable político (la propia administración) y su consecuencia no es otra que la pérdida de prestigio de la escuela dada su incapacidad para desempeñar la misión que le dio sentido. Es más, en un contexto social empobrecido por la pseudocultura promovida por los medios de comunicación y las leyes del mercado, la escuela está renunciando a su misión y, por lo tanto, no tiene nada importante que ofrecer. Se bate en retirada.

Según parece, ya no es suficiente con abordar las viejas causas del bajo rendimiento escolar (metodologías defectuosas, densidad de los temarios o mal uso de la memoria), por no hablar de aquellos factores que escapan al control de la escuela, ahora los teóricos de la educación dan un salto en el vacío: renuncian a enseñar y por la vía del desprestigio del conocimiento introducen en el seno de la escuela un auténtico caballo de Troya que es garantía de su liquidación, todo ello en un contexto generalizado de reducción de los niveles de exigencia. Lo cierto es que al final el sistema educativo es incapaz de desempeñar su misión más esencial y que este fracaso, sumado a la presunta inutilidad de las Humanidades, acaba convirtiéndose en un argumento esgrimido por quienes abrigan el firme propósito de disminuir su presencia en los planes de estudio.

La reducción del espacio académico de asignaturas humanísticas, como ha pretendido recientemente la Consejería de Educación con la Historia y Geografia de Canarias en 4º de ESO, o como hizo el MEC con la Filosofía, constituyen manifestaciones de ese proyecto empobrecedor, pero no son las más graves. En nuestras universidades el pensamiento pedagógico dominante ha impuesto, con el respaldo de la administración, un modelo formativo que ha desnaturalizado el Magisterio: ya no es necesario saber algo para luego poder enseñarlo. Ahora basta con saber cómo enseñarlo. Por eso, actualmente los futuros maestros obtienen su titulación en la ULL sin haber cursado Historia, Literatura, Arte o Biología, ni general ni de Canarias, y la Geografía será suprimida próximamente (la ULPGC mantiene una oferta de 6 créditos en contenidos básicos). A cambio, sin embargo, reciben una sólida formación pedagógica y didáctica.

Este es el modelo de maestro desprovisto de conocimientos, desarmado intelectualmente, que encaja con una escuela que ha renunciado a transmitir nuestra herencia cultural, circunstancia ya grave, pero que se revela dolorosa cuando se trata de nuestro patrimonio regional, por lo que supone de deslealtad con la Escuela Canaria (entre los que me lean todavía quedará algún maestro que sabe de lo que hablo). Y esto ha sido posible en la Universidad antes que en nuestras escuelas e institutos porque el régimen de autonomía universitaria lo ha permitido. El conocimiento se relativiza, la excelencia y la sabiduría están buscando acomodo fuera de las escuelas. Su acceso costará dinero y, por tanto, seguirá siendo un privilegio porque la mayoría no podrá pagarlo. La educación democrática en la que muchos habíamos creído era otra cosa.

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