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Riesgo real

No sé muy bien qué pensarían o a qué se dedicarían los habitantes de Europa antes de la Primera o la Segunda Guerra Mundial. Seguramente irían de su corazón a sus asuntos, estudiarían, harían chuletas o tratarían de copiar con medios menos sofisticados que los de ahora, pero igual de eficaces, se teñirían las canas, besarían a sus hijos, criticarían al político de turno y cenarían en familia, bajo el paraguas de la normalidad, mientras afuera el aguacero amenazaba sin que lo notaran. Ahora mismo, este abril que ha pasado tan deprisa nos conduce hacia un mes de mayo cuajado de actividades. El país despierta y se despereza, sin mascarillas, dispuesto a comerse el mundo y a beberse la vida a tragos largos. Ferias, conferencias, comuniones, bodas y bautizos, conciertos, barbacoas… se mezclan en una agenda que no tiene páginas libres para detenerse a pensar un poco. En nada, llegará el verano y el calor nos hará olvidar lo que queda en nosotros del sufrimiento. Quizá así deba ser, y así sea. Hemos pasado página muy pronto, guardando bajo la alfombra lo que hemos visto hasta que nos dolieron los ojos y ahora no queremos ver. Nadie parece acordarse de las residencias y su horror, o de las tardes plomizas del confinamiento. Quién va a querer hacerlo si abril estalla en libros, fuegos artificiales y trajes de flamenca. Mientras, al otro lado del espejo, en esa realidad que nos parece tan ajena, como a los ciudadanos que no fueron capaces de prever las otras guerras, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, ha advertido del «riesgo real» de que el conflicto en Ucrania sea el desencadenante de una Tercera Guerra Mundial. Al lado del titular, aprendemos cómo eliminar la piel de naranja, cómo beber batidos desintoxicantes y cómo maquillarnos para los futuros eventos (palabra horrible que se ha adueñado de todas las actividades). No somos conscientes del mundo que nos rodea, ese mundo que íbamos a convertir en un lugar hermoso y solidario después de la pandemia. No lo hemos hecho, pero tampoco hemos aprendido a mirar. Vemos cómo transcurre el tiempo, entre fecha y fecha, entre presentaciones, actuaciones, elección de traje para las graduaciones o la comunión de los niños, pero no queremos saber adónde nos encaminamos. Riesgo real, más que una amenaza, parece una promesa, el camino al que todas las actuaciones de Rusia parecen dirigirse. Mientras, ya digo, aquí seguimos, votando, viviendo, agachando la cabeza y colocándonos orejeras, no sea que la realidad nos golpee y la fantasía se quiebre, y el espejo nos devuelva la imagen de una felicidad construida sobre la inconsciencia y la estupidez, tan útiles para vivir de espaldas a la realidad, como inútiles para darnos cuenta de que nada nos es ajeno y todo nos pertenece.

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