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Juan Pedro Rivero González

SANGRE DE DRAGO

Juan Pedro Rivero González

Hijos de la libertad

Me estoy leyendo un libro de Ramón Horcajada, titulado Los hijos de la libertad, de la colección Sinergia. Se trata de una colección de la Fundación Emmanuel Mounier. Los hijos de la libertad son los miembros y representantes de esta cultura en la andamos, en la que hemos impuesto los conceptos de libertad y justicia como conceptos sacralizados, olvidando que el único concepto digno de ser absolutizado de esa manera es el de persona. De ahí su análisis no poco pesimista de nuestra actual sociedad que nos caracteriza globalmente.

Pretender una libertad absoluta, bajo reivindicaciones de puros derechos, sin alcanzar el fundamento de los mismos en la persona, nos puede hacer formar parte de una caricatura de sociedad. Una visión ridícula y superficial que vive la vida sin fundamento y sin responsabilidad. Lo mismo ocurre con una lectura de la justicia en la que la persona no ocupe su puesto y sentido central, que se reduce a una legalización de la vida pública subrayándose más el igualitarismo residual que una verdadera inclusión equitativa.

No me resisto a transcribir un párrafo que me parece extraordinario:

«El único concepto sagrado que existe es el de la persona, es en torno a ella donde deben dirimirse las cuestiones éticas y políticas más profundas, y es desde ella desde donde se deben leer las problemáticas y las soluciones posibles. Lo opuesto es la ideología y nuestro mundo está roto por la ideología, tanto a nivel científico como político y religioso. Si la prudencia para los antiguos era saber escuchar la realidad, no hay mayor prudencia que saber escuchar a la persona, centro y culmen de todo cuanto existe. Moldear la persona a nuestra ideología ha sido el acto más vil en el que como mundo hemos caído. Y en ello seguimos. Amar la libertad, la justicia, la democracia como las amo, ha sido siempre un ejercicio personalista constante en mi vida, porque jamás dejé de escuchar y estudiar a la persona antes que todo lo demás. He intentado que la ideología no determinase mi respuesta a las personas. Por eso me ha resultado tan difícil encasillarme en ideologías concretas. (…) Jamás dejaré de escuchar a quien pueda aportar algo de luz, aunque sus posiciones sean distintas a las mías». (Op. Cit., p. 24).

Quien afirmó que el sábado estaba en razón del hombre, y no al revés, puso bases sólidas sobre esta centralidad en la persona en la organización de la vida social. Al servicio de la persona está la educación, las leyes y decretos educativos, nacionales y autonómicos. Y pronto vamos a ver cómo los hijos de la libertad se hacen presentes en sus manifestaciones y propuestas. Al servicio de la persona la economía, la política y cuantas realidades constituyen el tuétano de la vida en común.

La libertad personal tiene el límite de la libertad de los demás. No puedo olvidar este hecho claro que leemos, si miramos con lealtad, la realidad. Cada persona es importante, única e irrepetible, pero por mucho valor que tenga en su individualidad concreta, el verdadero valor lo tiene en la medida que es parte de una comunidad social de la que depende y a la que construye con su peculiar mismidad. Ideologizar la libertad es alimentar cualquier individualismo insolidario. Como la lucha por la justicia no puede hacer desaparecer la peculiaridad de cada persona concreta. El termómetro siempre será la persona.

La participación en la vida pública de las personas que forman parte de una sociedad no está circunscrita a la introducción de una papeleta electoral en una urna cada cuatro años. Ese acto democrático debe estar enriquecido con otros miles de medios en las que mi aportación al buen gobierno de las realidades a las que pertenecemos nos hagan protagonistas y no meros espectadores de las dinámicas sociales.

Les propongo un ejemplo: Pedir una factura con Igic, en este tiempo, es un acto de resistencia democrática y de defensa de la justicia y la libertad. Lo demás, pura ideología…

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