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Ana Martín

Artículo Indeterminado

Ana Martín

Los conocidos

Cuando Feltrinelli accedió a editar El Gatopardo, ya muerto Lampedusa, el libro recibió críticas de todos lados. El autor fue acusado de reaccionario por neorrealistas y experimentalistas, por mostrar a los políticos defensores de la unificación italiana como ambiciosos y trepas, por «negar el progreso». Los conservadores lo denostaron por dibujar a la aristocracia y la burguesía como nidos de amorales que solo querían conservar el poder. No faltaron los reproches por su retrato de los campesinos sicilianos, a los que –dijeron– describía como nostálgicos, atrasados y sin conciencia de clase.

Y, sin embargo, con todos los peros que se le puedan poner a una obra que ha sido más citada que leída –especialmente por los políticos, expertos en este difícil arte de nombrar sin conocer– El Gatopardo sigue teniendo la misma paradójica vigencia que denuncia con su discurso.

Una vez instalado el nuevo orden, el príncipe Fabrizio comprende, al fin, a través de su sobrino Tancredi, que la decadencia de su clase solo puede ser mitigada arrimándose a los burócratas, a los burgueses locales que conforman el nuevo régimen que ha traído consigo la unificación italiana.

Éstos necesitan de la pompa y el lustre de la aristocracia para quitarse el hedor del estraperlo y la usura, el pelaje de advenedizos, mientras que los nobles, despojados de sus prebendas, no ven otra salida que adoptar las mañas de las clases sociales emergentes, integradas por aquellos que siempre fueron sus criados, y sentarlos, incluso, a la mesa que antes servían, con tal de no perder sus privilegios.

Y aquí, siglos después, de eso va la cosa.

De privilegios. De aristócratas que no recuerdan ni remotamente a aquellos antepasados que obtuvieron blasones gracias a sus hazañas. Ociosos, profundamente reaccionarios, en contra de las subvenciones si no son ellos los beneficiarios, a favor de la libertad propia y de la miseria ajena, andan tirando de teléfono, poniendo la cara dura como el mármol y el título vacío por delante, para erigirse en garantes de cualquier negociete que salga. Por no hacer, no hacen ni la parte dura del trabajo. Dejan todo en manos de los listos que los acompañan, pero cobrar, cobran, no dicen cuánto, que hablar de dinero está mal visto. Llevárselo crudo ya es otra cosa.

Y luego esa clase político-burócrata y cateta, que en pleno siglo XXI sigue deslumbrándose por el oropel y decide que un señorito al que solo se le conocen vendidas de humo y paseos triunfales por los garitos de moda es la mejor opción para, en medio de una pandemia, con la población muriendo por millares y un país que pende de un hilo, traer un cargamento de mascarillas de nadie sabe dónde.

Gente a la que el señorito no tocaría ni con un palo si no fuera porque la necesita para sobrevivir en un mundo en el que, una vez agotadas y malbaratadas las herencias, ya no queda otra cosa que arrimarse y dejarse caer a ver lo que cae, que siempre es algo. Lo cuenta muy bien Íñigo Ramírez de Haro, noble cansado de serlo, en el libro La mala sangre, donde describe a la aristocracia como «una secta» avara y displicente, inútil para cualquier oficio, anclada en códigos medievales que, incluso, tiene dentro sus propias castas.

Que siga existiendo en este país una nobleza que nada aporta y que todo cree merecerlo, es un melón que esta sociedad nuestra tiene que abrir algún día. Pero que haya políticos que con ese mantra patético de «son de los nuestros» sigan dando prebendas –llámense medallas, llámense comisiones obscenas pagadas con dinero público– a estos referentes de lo inane, eso no deberíamos permitírnoslo. Noble viene de nobilis. Y nobilis de gnosco. Eso son: «los conocidos». He ahí la explicación y la vergüenza.

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