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José María Lizundia

La izquierda y valores ligados a la infantilización

El tambor de hojalata de Günter Grass nos narra la resistencia de un niño a crecer y hacerse mayor, aunque este sea producto de la imaginación de autor, no resulta en absoluto infrecuente. Son muchas las recompensas inherentes a la perpetuación de la infancia. La falta absoluta de responsabilidad, el esquivo de deberes y obligaciones, la vida laxa de protección y condescendencia.

Antes de la penumbra que proyecta la ideologización de izquierda -el reconocimiento implícito de que carecen de todo proyecto de transformación y progreso real- que suprime las ideas, pensamiento y abomina del conocimiento, tenía carta de naturaleza la psicología, biología, antropología, y el estatuto científico era inimpugnable. Para explicar este periodo histórico es fundamental precisar su esencia: la política de buena gestión de los recursos en pos del bienestar común quedó reemplazada por la ideología de tiernos políticos de izquierda ayunos de formación y experiencia. Sus CV lo certifican, sus intervenciones gloriosas lo rubrican. Con vidas literalmente recluidas en sectas/partidos, dogmas y oportunismo, sin motivos para la elaboración de ideas personales, forzosamente han de acudir a la ideología y consigna dictada. Siempre con ellos la desmesura o, si no, insuficiencia, mediocridad siempre, profusos ridículos. Veamos una sola muestra cotidiana. Las monjitas del feminismo podemita se enredaban en el reparto de tareas domésticas, con vocaciones de niñeras de Estado, mientras dinamitaban la ciencia: de la biología a la antropología, las artes: romanticismo, novela erótica, perversa (los alfa no), como verdaderas ayatolas y talibanas también iban contra la música, denostando la más de moda: el reggaetón. Pretendiendo tutelar y reducar mujeres (menores de edad), que hay que extirpar malos hábitos.

A la vez seguían el patrón de las tiranías caribeñas en cuanto al propio boato y aprovechamiento patrimonialista del estado, el gasto político disparado en ministerios, asesores, emolumentos, renovación de la flota de vehículos de lujo, rehabilitación de viviendas oficiales, transporte aéreo, como significativa es la elusión del deber de rendir cuentas, degradando el cumplimiento de leyes, que revela una actitud irresponsable y tarambana incompatible con toda autoexigencia personal adulta.

Toda la actividad va dirigida a complacer las tendencias más infantiles de la población, el cortoplacismo en satisfacción de conveniencias reclamadas, nada que suene a recortes y sacrificios, los engaños y mentiras a niños, sectarismo como si se tratara con pandillas, la elusión en la exigencia de responsabilidades.

No es casualidad que Mariano Rajoy titule su libro Política para adultos, ni para liberales, conservadores, derechas o centro, simplemente para adultos. Rajoy rehúye la guerra cultural, pero ni él puede soslayarla. La estrecha perspectiva política ocultaría lo verdaderamente esencial. Como exmarxista diré, contradicción principal: madurez-infantilismo.

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