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Myriam Z. Albéniz

Semana Santa para tiempos de oscuridad

El 8 de abril, Viernes de Dolores, comienza la Semana Santa de 2022, también denominada Semana Mayor por constituir el centro de la espiritualidad cristiana a través de la celebración del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Y aunque, en ocasiones, se conceda más importancia a la Navidad o a otras festividades patronales que pueblan nuestro calendario, lo cierto es que la señal de la cristiandad es la cruz, y la fe perdería todo su sentido sin la esperanza de una vida eterna.

A lo largo de estas fechas tienen lugar una serie de conmemoraciones litúrgicas cuyo interés trasciende a la mera espiritualidad y las sitúa como punto de referencia cultural, artístico, sociológico y emocional para millones de personas en el mundo entero. No en vano se trata de actos llamados a impulsar ese cambio interior, ese renacimiento del alma, que se tornan cada vez más necesarios y urgentes en la actual coyuntura de nuestro mundo, donde la guerra, el miedo y la incertidumbre se abren paso ante los ojos perplejos de la ciudadanía global. La Biblia, con independencia de las creencias particulares de cada ser humano, e incluso frente a sus recelos y desapegos, se alza como un cuerpo literario digno de admiración, una suma de textos que encierran no pocos comunicados de incuestionable calidad y probado valor. Su lectura reposada constituye para cualquier individuo con inquietudes, sea o no creyente, un acercamiento a la contemplación, a la reflexión y al afán por su propia evolución interna.

El ejemplo legado a la Humanidad por Jesús de Nazaret a través sus palabras y sus obras, su mensaje de amor, cercanía y sencillez, y su actitud modélica ante los enemigos del bien, al margen del odio y la venganza, resulta enormemente inspirador en nuestros días, una verdadera referencia que nos indica el camino para construir otro mundo en el que la concordia, el respeto y la solidaridad sean faros luminosos en la oscuridad. Esa postura ante el sufrimiento, unida a una entrega incondicional y sin reservas al prójimo, son durante estas jornadas que se extienden desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección fuente de inspiración y pauta de conducta para gentes de todo género, edad, ideología, creencia, formación o profesión, unidas por el mero hecho de compartir la condición humana.

El Lavatorio de los Pies y la Última Cena escenifican un compromiso de amor, servicio y entrega a los demás, una muestra trasladable a nuestros días que no tiene fecha de caducidad y mantiene idéntica vigencia. El Viacrucis se asocia indisolublemente al sentido del dolor, al tiempo que transmite la idea de que ni el mal ni la muerte cuentan con opciones de victoria en esta batalla. Emociona contemplar la devoción de los asistentes a tantas y tantas procesiones que mezclan sonidos y silencios al paso de cada imagen. Y, finalmente, la constatación de que la fe es un don que, más que tenerse, se vive, alcanza su máxima expresión ante el sepulcro vacío. Porque, en definitiva, eso es el Cristianismo, muy por encima de una serie de doctrinas, normas o ritos. Y, por la misma razón, el gozo popular se hace igualmente presente cuando va unido al festejo que nace de una romería o una peregrinación. Basta contemplar a la infinidad de caminantes que, año tras año, culminan la Ruta Jacobea para recuperar esa esencial dimensión humana que, debido a circunstancias a veces difíciles e ingratas, van perdiendo en su devenir diario. Corren tiempos de inquietud, inseguridad y confusión en los que urge recuperar valores que, aun sin ser exclusivos del pueblo cristiano, sí deben inspirar su discurso y, sobre todo, definir sus actos. En consecuencia, humildad, fraternidad, servicio, generosidad y unión cobran en estas jornadas tan señaladas un protagonismo innegable a la hora de manifestar la adhesión a una herencia que, pese a las situaciones más atroces y adversas, resiste con firmeza siglo tras siglo.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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