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Observatorio

El paraguas asesino y otras intoxicaciones

El paraguas asesino y otras intoxicaciones

Los negociadores ucranianos que se reunieron en Turquía a finales de marzo para intentar llegar a un alto el fuego tras la invasión de su país tenían instrucciones de no beber, no comer y no tocar nada durante la reunión, debido a la intoxicación que había sufrido el oligarca ruso Roman Abramóvich a comienzos de marzo cuando hacía de mediador entre ucranianos y rusos.

Rasputín, difícil de matar. ¿Estaban justificadas estas precauciones? Probablemente los disidentes rusos Litvinenko, Navalni y Skripal, dirían que sí. Pero ellos no fueron los primeros personajes incómodos para los círculos de poder ruso a los que se intentó eliminar con veneno. Ya que en 1916 el monje Rasputín, con gran influencia sobre la familia real tras haber conseguido curar varias veces al zarévich, que padecía una grave hemofilia, fue víctima de un complot para asesinarlo urdido por un grupo de nobles encabezados por el príncipe Yusúpov en el que se empleó cianuro. Como esta sustancia no acabó con su vida, le dieron cuatro tiros, pero cuando se acercaron para comprobar si había fenecido, se levantó y salió corriendo. Lo persiguieron y lo remataron a palos, lo envolvieron en una alfombra y lo tiraron al río Neva. Más tarde se supo que entonces seguía vivo, dado que encontraron agua en sus pulmones, señal inequívoca de que había muerto ahogado, y porque el Neva estaba helado y no pudo salir a la superficie. Rasputín había dicho que si él moría, el zar perdería la corona; Nicolás II perdió algo más que la corona tras la muerte de Rasputín.

Ricina contra Márkov. Mientras que el asesinato del monje fue una auténtica chapuza, el del escritor y disidente búlgaro Georgi Márkov en 1978, también organizado por rusos, fue una obra maestra. Márkov había sido una gloria nacional en su país, pero como sus críticas al Gobierno se hicieron muy virulentas, decidió exiliarse en 1969. Terminó estableciéndose en Londres, donde trabajó para la BBC y se casó con una inglesa. Adicionalmente realizaba programas para la Radio Europa Libre, en los que atacaba al régimen comunista y al primer ministro Todor Zhivkov. Fue juzgado y condenado en rebeldía en Bulgaria, se retiraron sus libros de las bibliotecas y se lo acusó de ser nazi. Pero como no cejó en sus críticas, el Gobierno búlgaro pidió ayuda a la KGB, la terrible policía secreta soviética, que diseñó un plan infalible para acallar a Márkov definitivamente, según se supo mucho después por la confesión de un agente doble.

Una mañana que el disidente esperaba el autobús en el puente de Waterloo, un desconocido lo golpeó con su paraguas en la pierna derecha, al parecer sin querer. Ya en su oficina Márkov comenzó a sentir molestias en esa pierna y poco después comenzó a tener fiebre alta. Su estado de salud empeoró tanto que al día siguiente tuvo que ser ingresado; murió a los tres días. Sospechando un envenenamiento, Scotland Yard abrió una investigación y durante la autopsia se encontró en su pantorrilla derecha una esfera hueca de platino iridiado algo menor que la cabeza de un alfiler con dos orificios. En su interior, que solo podía albergar medio miligramo de sustancia, encontraron restos de ricina, sustancia que se extrae de las semillas de la planta del mismo nombre y es uno de los tóxicos más potentes conocidos, y en los orificios restos de una cera que se derretía a 37 grados. Para introducirla en su pierna usaron una pistola de aire comprimido camuflada en el paraguas. Aunque se hubiera identificado el veneno antes de la muerte, no se habría podido salvar la vida de Márkov, porque no había –ni hay– antídoto para la ricina.

Zhivkov continuó dirigiendo el partido comunista búlgaro y el país con mano de hierro hasta la caída del muro de Berlín. Nadie fue acusado ni condenado por el asesinato de Márkov, pero su nombre fue rehabilitado en su país natal y en 2014 el presidente búlgaro inauguró una estatua en su honor en una plaza de la capital del país, Sofía.

No parece probable que se vayan a erigir estatuas en honor de Litvinenko, Skripal y Navalni, porque quien ordenó atentar contra sus vidas sigue detentando mucho poder.

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