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Luis F. Febles

En la calle Buenos Aires de Barcelona

Federico García Lorca le contó a sus padres que en Cuba pasó los mejores días de su vida. Si alguna vez se perdía, que lo buscaran en Andalucía o en Cuba, porque en América, ser poeta es algo más que ser príncipe. Los refugios los diseñamos a nuestra medida, con los matices adecuados a la inquietud del momento. Elegimos con entusiasmo ese lugar acorazado para pausar la inmediatez y dedicarle unas horas al hedonismo personal. Como Epicuro defendiendo el placer espiritual y duradero. Y fue en Barcelona cuando encontré el mío. En el número 6 de la calle Buenos Aires se dibujaba una librería muy especial, como trazada al gusto de los libros y sus creadores, a la fantasía de las letras que jugaban dentro de ese negocio que despertó el afecto de todo un barrio. En la planta baja de un edifico de ladrillo emergía la Librería +Bernat, un templo de la lectura, una cooperativa de 53 socios que me cautivó aquella mañana lluviosa de hace ya algunos años. No eran solo sus libros y su atmósfera de silencio y murmullo cálido, era su agradable ecosistema de vida, su transformación en almacén capaz de acoger conciertos, charlas y presentaciones sin perder de vista que su negocio es vender los libros de ayer y de hoy. Hasta la periodista Mercedes Milá invirtió en un negocio al que solo se puede acceder si realmente abrazas la filantropía. Por sus instalaciones han pasado personalidades como Enrique Vila-Matas, Lluís Bassets, Nazanín Armanian, Anna R. Alós, Nastassja Kinski, Iñaki Gabilondo, Juan Gabriel Vázquez, Ana María Matute o Pasqual Maragall. Durante mi corta pero intensa etapa en Barcelona frecuentaba a diario la +Bernat para tomar un café mientras seleccionaba mis horas de ocio resolviendo qué libro iba a comprar. Las visitas matutinas eran un viaje extraordinario a la aldea onírica de +Bernat, un itinerario que seguía religiosamente con el objetivo de satisfacer mi afán de lectura. Y entre estanterías, mesas de madera, el olor que desprendía la cafetera y los monóculos modernos que portaban los hipsters, mi atención se focalizaba en la presencia cotidiana de un niño de origen asiático que pasaba horas leyendo auténticos ejemplares de ciencia-ficción en una butaca que ya era suya. Sin más entretenimiento que su tranquilidad y una lámpara perfectamente colocada, fijaba la mirada en las páginas sin dibujos de aquellos ladrillos que parecían gigantes en Liliput. Se llamaba Hao Yu y ya era toda una institución en la librería del barrio. Un niño muy especial en un lugar exageradamente peculiar. Dicen que una vez detectó varias erratas en algunos de los libros que consumía casi de forma compulsiva, hasta tal punto, que avisaba a las editoriales para que solucionaran tamaña ineptitud. Años después de regresar de Barcelona, y con el vistoso recuerdo de aquel asiduo cliente de 12 años que convertía la +Bernat su patio de recreo, el periódico El País publicaba un bonito reportaje contando la historia de Hao Yu, El niño lector que siempre está ahí. Contaban que se trataba de un un crío con tanta madurez que para ser entrevistado por El País, aceptó a cambio lo que él considera un soborno de la librera: el último libro de Brandon Sanderson. El caso de Hao Yu es tan maravilloso como poco común, sin embargo, por suerte, asistimos a un verdadero logro cultural. Sigue siendo extraño ver a un niño leyendo en una plaza mientras sus compañeros juegan con la pelota, la tablet o cazan pokemons. Pero todavía recuerdo cuando, caminando por un concurrido parque de la capital tinerfeña, un peculiar crío de unos 13 años animaba su tarde leyendo al escritor italiano Antonio Gramsci, mientras los desaforados viandantes pasaban a su lado sin percatarse de un hecho extraordinariamente asombroso.

@luisfeblesc

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