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Juan Cruz Ruiz

LAS SUELAS DE MIS ZAPATOS

Juan Cruz Ruiz

Miles de días en los periódicos/ 3

Antes del asesinato de Raguet. En aquel tiempo, cuando mandaba Franco, la ley no era tan potente como se decía. Al menos, era laxa para algunos golfos que campaban sin ley, exactamente, por lo que llamábamos la Ciudad Turística del Puerto de la Cruz, donde el extranjero era mejor recibido que el local según para qué cosas. En esa atmósfera permisiva que la policía local y sus jefes toleraban como si no estuviera pasando lo que era evidente, las florecientes salas de fiesta, que pertenecían en muchos casos a una red dominada por un solo hombre, prosperaron las noches del Oro Negro, donde se albergaba una de las boîtes de Jean Paul Raguet, un empresario que paseaba su autosuficiencia por las calles y las noches de mi pueblo.

Un día me llevaron amigos precisamente a ese lugar, resguardado por hombretones musculosos que dejaban o no dejaban entrar según les viniera en gana. Observé que esa arbitrariedad, además, la practicaban como matones, así que golpeaban, cuando les venía en gana, a aquellos que protestaran en la calle cuando no les dejaban entrar utilizando la arbitrariedad como motivo. Ese ejercicio del matonismo era pasado por alto por la autoridad (incompetente, por cierto) local, así que, como yo era un joven periodista, conté en El Día, donde llevaba algún tiempo trabajando, todo lo que alcancé a ver con mis propios ojos.

Al cabo de unas semanas llegó al periódico una denuncia contra mi y contra el periódico para que acudiéramos al juzgado a depositar una fianza. La cantidad que pedía el propietario del local, por los perjuicios que le causaba aquella información, llegaba a los cinco millones de pesetas. Esa cantidad me pareció enorme, imposible de pagar, y yo me sentí tan atemorizado como el director del periódico, Ernesto Salcedo, que muy pronto buscó el modo de salvar el trámite poniendo el periódico a disposición de una rectificación. ¿Y cómo rectificamos, don Ernesto?, le pregunté a aquel hombre al que la cantidad le asustó tanto como a mí. «Rectificando, diciendo que lo que viste no lo viste». Era la primera vez que algo así me sucedía en mi breve carrera periodística, entonces yo debía tener dieciocho años, que era todavía la edad de la inocencia, un periodo que quizá no ha acabado nunca en mi caso, pero que en aquel momento se juntaba con el hecho cierto de que nunca había tenido sobre mi una sombra de chantaje tan terminante, tan concreta, pues cinco millones se me antojaba una cifra tan peligrosa como un lago de pirañas.

Salcedo buscó la fórmula: entrevistar a Raguet. Que dijera bondades de su local, que contara su vida y sus proyectos, que saliera simpático en la fotografía. Lo invitó a almorzar en un restaurante que estaba bajo los árboles cercanos al Taoro y al Sitio Litre, y nos acompañó un querido amigo, que era su abogado, Paco Sánchez, exfutbolista que estuvo en el Real Madrid y que era mucho mejor que todo lo que estaba ocurriendo. Pero… era el abogado.

Parece que a Raguet se le quitaron las ganas de seguir con la denuncia, el periódico se hizo eco de sus mejores andanzas y, como es natural, no entró en sus peores momentos de una vida marcada por la sospecha de maldad. El hombre había sido miembro de la organización terrorista francesa OAS, dedicada a sabotear la independencia de Argelia de parte de la ultraderecha francesa, y en su retiro canario estaba cometiendo chantajes entre los cuales aquella denuncia que me afectaba debía ser el menor de ellos.

Cuando acabó la comida Paco y yo nos fuimos a la Cuesta de la Villa, a mi amigo, el abogado de Raguet, se le ocurrió que debíamos relajarnos tomando coñac en el restaurante de la bella esquina de la cuesta que da al Teide y allí me emborraché como nunca. Hasta ahora no he vuelto a probar coñac. Y aquel no fue el peor trago de aquellos días. Volví muchos años después a una de las salas de fiestas de Raguet, al entrar escuché cantar a Jane Birkin aquella hermosa melodía de sexo explícito, sonaban las olas de San Telmo, fue un rato sin sombra de una noche de la que sigo teniendo el recuerdo.

El asesinato del matón. Raguet era un hombre de vida peligrosa. Mi amigo Salvador García Llanos, periodista portuense, que fue alcalde de mi pueblo, me recordó este viernes algo de su curriculum: era parte del crimen organizado, del hampa, estuvo, en efecto, trabajando para la OAS, fue propietario de aquel Golden Club en el que yo escuchaba a Jane Birkin, se paseaba por la ciudad turística como si fuera el dueño de todo. Y lo mataron, por cualquier razón que la justicia nunca dictaminó apareció muerto junto a la iglesia anglicana del Puerto de la Cruz el mismo día en que llegaba a nuestra ciudad el féretro con los restos de nuestro querido amigo Paco Afonso, muerto en el horrible incendio de los montes de La Gomera, adonde había ido como gobernador civil a ayudar a que aquel devastador suceso no llegara a mayores. Paco fue el mejor de todos nosotros.

Y Raguet… Raguet era el peor de todos los habitantes de aquella ciudad que parecía feliz bajo cuyos fondos de risa y música dominaban los matones que estaban a su cargo.

Tras la entrevista con Pedrito. Dejé pendiente en la última entrega el desenlace de aquella entrevista que le hice a Pedrito, el excelente futbolista, en Abades. Al llegar a un cibercafé me encontré con una llamada agonizante de aquella muchacha con la que me escribía cartas en la adolescencia. Había decidido quitarse la vida. Me asusté, la llamé, me respondió con un hilo de voz. Yo me sabía de memoria, esas cosas que heredas de la adolescencia, su dirección exacta; con ese dato que se me había quedado grabado tanto tiempo atrás llamé a la policía, ésta localizó a mi antigua amiga y le salvó la vida. Con la voz exangüe ella me llamó, muy gentil, agradecida, algunos días después. «No tenías que haberlo hecho». Todos los años ahora me llama por las mismas fechas y ambos nos felicitamos la vida.

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