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Juan Cruz Ruiz

Volcán y Lava, pájaros de la poesía

Entras en la casa de Elsa López, que acaba de ganar el premio Canarias de Literatura, y escuchas cantar pájaros, como si celebraran la perpetua primavera de La Palma, herida por un volcán despiadado que tiñó de ceniza y miedo la isla bonita.

Cuando aún esa horrible nube negra hacía llorar a la poeta ahora honrada con la más importante medalla literaria de las islas, esos pájaros que ahora son también un emblema de su alegría (una alegría hasta el llanto) son también símbolos de la esperanza de claridad que animaba entonces, a finales de 2020, a la poeta.

El primer pájaro que llegó a la casa, azul como el mar que no pudo ser teñido esos días por la lava, era un canario extraviado del paraíso en los aledaños del infierno. En la jaula en la que lo puso Alba, una de las hijas de Elsa, brillaba solo, cantando la elegía de los pájaros que precisan compañía.

Entonces este cronista retrató esa soledad, como de ave que ha perdido el paraíso. Días después, cuando el inclemente temporal volcánico remitía como atemorizado, habiendo destrozado ya haciendas y terrenos, a Elsa le trajeron pareja para aquel al que habían bautizado como Volcán.

Volcán, decían Elsa y Manolo, su marido, el padre de Alba, era un evacuado, pues había sido abandonado por quienes a su vez dejaban atrás casa y pájaros para buscar refugio lejos de la barahúnda. Y este pájaro, una pájara en realidad, que vino luego al patio en el que vivía Volcán, se constituyó en la pareja del desolado habitante de una jaula en la que de todos modos cantaba.

Unos días después, por tanto, la poeta me envió, con la fotografía de los dos ángeles recuperados del infierno, este mensaje: «Volcán tiene novia. Marcelo [el nieto Marcelo] le ha puesto nombre. Azul. Él dice blue».

Todo lo que toca Elsa López se hace poesía. La narrativa, sus versos, sus artículos, comprometidos contra el afán de la lava por dejar sin sueño la isla, han sido en este tiempo de miedo e incertidumbre arma para impedir que el volcán dejara sin ánimo las raíces del temblor que ha hecho de La Palma una isla estupefacta. Por todas partes ha sonado su poesía como si un asidero moral, un canto de pájaros que no se rinden.

Esta no ha sido una irrupción excepcional de Elsa López en la defensa del ánimo insular, de esta y de todas las islas; en su biografía y en su bibliografía está su figura como la de alguien que no ha permitido jamás que su escritura se fuera por las ramas; su compromiso, decía el jurado cuando puso por escrito sus merecimientos, «transciende la experiencia» e integra en su propia vida (y en su obra) la del pueblo canario.

Su canción va con los desamparados, y en este periodo de enorme desolación su voz ha sido como el trino de esos pájaros abandonados que, en la desolación, hicieron de su música un modo de alertar contra los malos sueños.

Ella siguió siendo en la isla amenazada una voz que salió de la jaula triste para poner en alto la mejor palabra de la poesía, de su poesía: la palabra esperanza. Ahí está, cantando, como Lava y Volcán, versos del poema que habita en el patio.

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