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Wladimiro Rodríguez Brito

La globalización y la soberanía alimentaria

Los últimos acontecimientos ponen de manifiesto que hemos manejado un modelo económico cargado de contradicciones. La Covid-19 y la guerra de Rusia y Ucrania nos vienen a demostrar que los alegatos económico-políticos son claramente contradictorios e inaplicables. Y lo que es peor: no somos capaces de reflexionar para corregir los problemas. Los acontecimientos nos van cayendo encima y tratamos de tapar las vías de agua en la embarcación como podemos. Hablamos de limitaciones en la energía, contaminación, cambio climático, costes y dificultades del transporte marítimo y terrestre sin saber bien cómo solucionarlos.

En unos días hemos visto proteas de Barlovento para la celebración del año nuevo chino o cómo las cabras y ovejas de Garafía no soportan la subida del precio del maíz en la Bolsa de Chicago. ¿Qué tiene que ver con la especulación, la mala cosecha en la cuenca del Paraná y la compra de soja por China con las tierras balutas de Garafía? ¿Y cómo está afectando la guerra de Ucrania en el precio de los cereales, en lo que también tenemos que incluir problemas con agroquímicos y otros minerales? Aunque parezca mentira, todo está conectado.

Queridos lectores, ¿es posible la globalización y una economía sostenible? Los últimos acontecimientos nos obligan a mirar para dentro. Las frases hechas de la «sostenibilidad», «huella de carbono», «economía circular» y «globalización» chocan de frente con nuestros planteamientos porque no admiten lo pequeño, lo local, lo familiar de nuestro campo. Ahora parece que hay que universalizarlo todo para que sigan mandando las grandes empresas productoras que manejan las mercancías y las distribuyen por todo el mundo. Hablamos, por ejemplo, de Nord Stream 2, el gaseoducto ruso-alemán que tiene una capacidad anual total de 55.000 millones de m3 (1,9 billones de pies cúbicos) de gas, de complicados sistemas de transporte de combustible que devalúan lo local. O de la ruta de la seda de China o el reciente acuerdo de Estados Unidos para suministrar gas a la Unión Europea. Es decir, de tres países que actúan como multinacionales que pretenden dominar un mundo globalizado.

Hemos de hacer una lectura coyuntural de lo que está sucediendo en la actualidad para remendar el aljibe para las próximas lluvias y recoger el agua. Es necesario realizar obras hidráulicas de envergadura –que son costosas– para solventar un problema que no fuimos capaces de ver cuando nos creíamos ricos. Hay que labrar los terrenos abandonados –que son muchos–, sembrar alimentos básicos como las papas, leguminosas y forraje para el ganado. Es necesario mantener nuestra ganadería, aunque apenas cubra el 10% de la demanda del Archipiélago. Y también hay que hacer una campaña para rescatar los frutales, higueras, castaños, manzanos, tuneras, almendros y viñedos.

Todo esto tiene que completarse con la preparación profesional de los jóvenes en temas básicos sobre la gestión ambiental y agraria, potenciar las economías locales y los mercadillos de los agricultores para familiarizar a las nuevas generaciones con el verdadero medioambiente. De igual forma, es básico establecer un marco legal que penalice los terrenos que son susceptibles de ser cultivados y que permanecen abandonados ya que constituyen un serio peligro para los incendios forestales.

Creo que es necesario potenciar las actividades agroganaderas en Canarias, con un plan que llegue a todas las islas –cada una tiene sus características y cultivos propios– con un planteamiento de optimizar el mundo rural, de tal forma que echando una mirada al pasado –viendo lo que hacíamos aquí en el siglo pasado– nos permita afrontar el presente con ciertas garantías y mirar al futuro con optimismo.

Los pueblos suelen aprender más por las demandas del estómago que por los discursos de los maestros en épocas de abundancia. La Bolsa de Chicago y la guerra de Rusia y Ucrania nos están indicando que miremos hacia nuestra tierra, a la potenciación de la producción local. Hay que dignificar el mundo rural, con ingresos suficientes para que sean atractivos para las nuevas generaciones y hay que retomar y potenciar la cultura del esfuerzo. Papas, cebollas, batatas, viñedos, millo, almendros, plantas forrajeras…. Solo hay que coger el sacho y ponerse a trabajar. Hagámoslo antes de que sea demasiado tarde.

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