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Myriam Z. Albéniz

De la precariedad laboral a la inestabilidad personal

Me temo que mi proverbial optimismo comienza a tambalearse al tiempo que degenera la situación bélica en Ucrania y en los informativos solo hallo argumentos para la tristeza porque, cada vez con mayor frecuencia, me descubro echando la vista atrás y recordando mis inicios como mujer independiente. Parece mentira que hayan transcurrido más de tres décadas. Y es que formar parte de aquella generación del baby- boom solía implicar tener unos padres trabajadores y honrados a carta cabal, cuyo mayor anhelo estribaba en que sus hijos e hijas estudiáramos todo lo que a ellos les había arrebatado la posguerra. Y así lo hicimos muchos, conscientes de su sacrificio y de la responsabilidad de aquel legado. Primero, en el colegio y después, si era viable –todavía recuerdo el día en que me concedieron una beca– en la Universidad. Pusimos el broche a nuestro currículum académico con idiomas y estudios complementarios, y nos lanzamos a la búsqueda del primer empleo a una edad razonable. Algunos hasta lo conseguimos con cierta rapidez –yo tenía veintitrés años–, lo que nos permitió disponer de unos ingresos con los que empezar a planificar un futuro que pasaba inevitablemente por abandonar el hogar, bien para fundar nuestra propia familia, bien para diseñar otro modelo de vida alternativo.

Hacer planes no resultaba una quimera, como tampoco lo era tener hijos en vez de, como sucede hoy, casi nietos. El hecho es que, con nuestras luces y nuestras sombras –que de todo ha habido–, hemos conseguido superar el medio siglo con la sensación de haber disfrutado de experiencias vitales relevantes y, además, a su debido tiempo. Abundando en esta cuestión, me entristece profundamente la realidad que azota a la juventud española, una de las que más se lo piensan antes de abandonar la casa paterna, tal y como revelan las cifras de Eurostat. El ranking sitúa a nuestro país en el séptimo enclave de la Unión Europea que más tarda en independizarse. En general, nuestros jóvenes deciden dar el salto pasados los 29 años, tres por encima de la media del Viejo Continente, que se halla en los 26,4. Las estadísticas indican que ocho de cada diez asumen que, con suerte, van a tener que depender económicamente de su familia sin fecha de caducidad. Asimismo, el informe del Consejo la Juventud de España confirma en un reciente informe que independizarse puede conllevar un coste para este colectivo de hasta el 93% de su sueldo. Es la vida en precario, consistente en trabajar en lo que sea, al precio que sea y renunciando a la más mínima exigencia sobre sus condiciones profesionales.

Mención especial merece la amarga alternativa de la emigración no deseada, contemplada por más de la mitad de los encuestados. Un perverso déjà vu de la España de los sesenta, aunque con la terrorífica particularidad de que, por aquel entonces, las víctimas eran mano de obra sin cualificar, pero amparadas al menos en una contratación previa, mientras que a día de hoy adoptan la forma de licenciados bilingües o trilingües que se lanzan sin red sobre tierras extrañas, con grandes posibilidades de iniciar su particular vía crucis sirviendo mesas en un restaurante de comida rápida. Me recuerdan a esos diminutos roedores domésticos que, dentro de una rueda diabólica (sin trabajo no hay salario, sin salario no hay vivienda, sin vivienda no hay independencia y sin independencia no hay pareja ni hijos), giran y giran hasta el límite de sus fuerzas. A mí ya no pueden robarme el pasado, pero a ellos se les está arrebatando el porvenir sin tener la culpa de nada. Razón para la queja no les falta y desde estas líneas me uno a su indignación y a su exigencia de cambios estructurales prioritarios y en profundidad porque, hasta el momento, los actuales modelos no sirven y tan solo generan precariedad laboral e inestabilidad personal.

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