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Luis F. Febles

El intrusismo apacible del patrimonio

Con Cecilia Giménez empezó todo. Devota y amañada, decidió restaurar el Ecce Homo que decoraba los muros de la iglesia del Santuario de la Misericordia. Han pasado más de diez años, pero el cariño de la gente sigue presente en la encantadora pintora de Borja: «El Ecce Homo me ha dado mucho, volvería a repetirlo todo». Si se rompe el dedo de una talla de La Dolorosa o la humedad daña el retablo de San Fernando, siempre habrá más cecilias dispuestas a poner su arte al servicio del patrimonio. Y todo patrocinado por el sacristán de turno o la pericia del hermano mayor de la cofradía que otorgan bula para suplantar con total parsimonia el trabajo de los especialistas. Es el intrusismo y el engaño al que se ven sometidos algunos restauradores y conservadores en muchos templos de Canarias. Una profesión poco reconocida y mal considerada que lucha contra la competencia desleal y el fraude auspiciado por la clerecía local. Son los amigos de la parroquia que restauran retablos de altísimo valor con el hábito de pícaros que cobran con factura de guachinche. Es la cara oculta de una profesión que nace en Bellas Artes y sortea la falta de seriedad de las administraciones para atajar un atentado contra el patrimonio que se repite con apacible normalidad en las parroquias de pueblo. Y sin levantar la voz, los verdaderos protagonistas son los doctores del arte, los que cuentan las horas en centímetros. Herederos del trabajo antiguo que custodian con paciencia y perseverancia el patrimonio artístico frente a la intermitencia del paro, la falta de proyectos viables y la Ley de Contratos del Estado que favorece el abaratamiento de los trabajos. No es fácil la vida del conservador en un sistema que sigue premiando al especulador. Tampoco lo es lidiar con el más mañoso del rebaño en un ecosistema de compadreo. Y mucho menos competir en un mercado que carece de estándares de calidad y una regulación justa en el acceso al trabajo. Cecilia Giménez sigue pensando que su contribución fue esencial para recuperar el Ecce Homo. Le molestaba que se metieran con él, porque lo veía como si fuera un hijo, lo quería y sufría mucho. Los charlatanes saben que hacer collares de macarrones, tejer punto o tener un primo carpintero es suficiente para opinar con criterio sobre la restauración de un retablo canario. Es comparable a ir al médico para confirmar que después de ver Saber vivir ya puedes suturar y tratar alguna enfermedad con rigor. Algo impensable pero muy recurrente en el ámbito de la restauración. Las malas prácticas en las intervenciones de conservación ocasionan el deterioro y la pérdida del patrimonio cultural, impidiendo su transferencia a las generaciones futuras. Sin embargo, encontramos ejemplos de reconstrucciones extraordinarias, de muestras de amor a la profesión en beneficio de nuestro patrimonio histórico-artístico. La restauración del Retablo de Nuestra Señora de la Consolación, en la iglesia parroquial de San Francisco de Asís de Santa Cruz de Tenerife, supone la exquisita recuperación de una de las manifestaciones de estilo barroco más importantes de la isla. Ni Cecilia ni la tropa de artistas amigas de la plastilina. Esta maravilla fue obra de las conservadoras Carmen Suárez Benítez y Lucía Irma Pérez. Por ellas y por todos: restauremos a la profesión del olvido.

@luisfeblesc

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