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Migajas

Estoy segura de que es el abuelo. Lo intuyo porque es discreto y no exige atención. Está con su nieto delante del colegio, en un coche con las cuatro luces intermitentes, en silencio y esperando a que el centro abra sus puertas. El hombre está apoyado sobre el volante y mira a través de la ventana. El nieto solo tiene ojos para el móvil. A las siete y media de la mañana, el joven abre la puerta y sale. El abuelo abre la ventanilla y le grita: «Oye, pues nada, que tengas un buen día». El joven le dice que sí, que vale y que muchas gracias, mientras levanta su mano y se une a su pandilla de amigos rebosantes de adolescencia. La situación me recordó al día en que mi abuelo me pidió para ir a hacer una merienda cena un atardecer de luna llena. «Nos llevaremos pan con sobrasada y hablaremos de nuestras cosas mirando el mar y la luna», me dijo. Le respondí que por supuesto, pero jamás insistí y, luego, ya fue tarde. Han pasado casi veinte años y aún me arrepiento. Mi aprendizaje es que, si alguien te importa, regálale tu tiempo y atención. Una actitud que no abunda.

Nos acostumbramos a que médicos estresados nos atiendan sin apenas mirarnos a la cara. Nos preguntan si tenemos fiebre o desde cuándo nos duele la garganta, al tiempo que teclean nuestros síntomas en el ordenador. Entramos en una consulta sabiendo que debemos salir rápido. En dos minutos, otra persona debe que ocupar nuestro sitio y así son las jornadas maratonianas en los centros médicos. Y en mi casa, también. Si los niños demandan nuestra atención, a menudo nos pillan con el ordenador en marcha y el móvil en la mano. Consideramos más importante responder en el chat del cole que tu hija no se ha llevado por error la chaqueta de chándal de Pedrito, que escucharla contar cómo le ha ido el día. Nos cuesta encontrar un hueco para comer con amigos. ¡Nos cuesta encontrar un hueco para charlar con amigos! En vez de una conversación sosegada y atenta, enviamos audios. Malditos híbridos entre mensaje escrito y llamada que te exime de tener que escuchar a tu interlocutor. Pueden pasar días sin que llamemos a nuestros familiares porque nos tendrán demasiado tiempo al teléfono, visitamos a nuestros mayores en un visto y no visto y todos tenemos a alguien en nuestro núcleo cercano que, después de una comida de domingo, desaparece en los postres. No toleramos que en la cola del supermercado el cliente de delante no sea Speedy Gonzáles llenando sus bolsas y nos parece casi normal, y no un exabrupto, pararnos a saludar a alguien y que éste nos advierta de que tiene mucha prisa. En el restaurante miro a la pareja de al lado. Él bebe una copa de vino. Ella desliza su dedo por la pantalla del teléfono. No hay tiempo ni para el amor o la seducción.

Nos hemos habituado a no dar a las personas a quienes queremos y a no exigir a quienes dicen que nos quieren nuestro bien más preciado: el tiempo. Y, a cambio, nos contentamos dando y recibiendo migajas. En ese camino, nos perdemos mucho. Yo me perdí un atardecer con mi abuelo.

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