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Matías Vallés

Al azar

Matías Vallés

Sánchez pone al PP en ERTE

La política es un deporte de contacto, aunque los propios púgiles se miran hoy los guantes ensangrentados y se preguntan cómo han causado tanto daño. Pablo Casado no ha golpeado menos, ha pegado más flojo o en la dirección equivocada. Ha sobreestimado la potencia de sus puños. Aguantó cuatro días contra las cuerdas, besó la lona el martes por la mañana. En el ring del Congreso ha levantado el brazo del campeón, Pedro Sánchez.

En el inicio del proceso no excesivamente traumático de olvidar a Casado, cabe admitir que nadie merece las circunstancias dramáticas de su caída, aunque se las haya buscado con abnegación digna de mejor causa. Fin de la conmiseración, para saludar en la otra esquina a un Sánchez que salta de náufrago castellanoleonés a único superviviente. El presidente del Gobierno se ha adueñado de la pandemia del PP, una oleada que ha contagiado a más de un noventa por ciento de altos cargos conservadores, y la dirige rumbo al puerto de la estabilidad nacional.

El ganador no es la persona que todo lo hace bien, sino la persona a la que todo le sale bien, aunque los golpes de la fortuna vengan espoleados por la audacia. Casado no midió sus fuerzas, Sánchez es un retornado del infierno de Ferraz, cuando el infalible Felipe González decretaba que Susana Díaz debía gobernar España. Sin despeinarse y con sus proverbiales buenas maneras, el inquilino de La Moncloa puede permitirse ahora renunciar a su mayor prerrogativa, el botón nuclear de adelantar las elecciones.

No importa aclarar en este punto si el PSOE es el principal beneficiario de cumplir con el calendario electoral, dados sus raquíticos resultados en Castilla y León junto a la anemia de Podemos. Prescindir de la disolución anticipada no presume magnanimidad sino poderío, el Gobierno no tiene nada que temer de la oposición. Sánchez pone al PP en ERTE hasta que amaine la crisis. No es solo el primer empresario de España, sino que se erige en jefe de Estado por ausencia del titular.

En Casado hay más rabia que dolor, por mucho que su sentimiento dominante ya solo pueda causar indiferencia. Grandilocuente hasta el último suspiro, no se resigna a haber sido la víctima propiciatoria de una intriga palaciega, necesita el martirio de una conmoción estatal. De ahí que el púgil magullado iniciara su alocución parlamentaria póstuma recordando que España ha sobrevivido a «amenazas como la que vivió esta cámara hace hoy justo 41 años, en un golpe de Estado».

Sin más que sustituir «España» por «PP» en la intervención, Casado desmenuzó en el Congreso el «golpe de Estado» que le han causado sus subordinados. Les estaba reprochando su comportamiento a la cara, bajo la especie del españolismo hueco que le caracteriza. Derrotado y despechado.

Las «enemistades y fracturas» que atribuyó a los españoles en general, encajan mejor en su peripecia intrapartidista de la última semana. Un político, como un escritor, siempre habla de sí mismo. Se vanagloria de haberse «guiado por la concordia y la reconciliación», frente al «rencor y la ira» que es redundante aclarar que asigna a sus compañeros de la bancada popular. Y así hasta presumir de que «España/PP se encontró a sí misma y encontró su lugar en el mundo», ni sospecha de modestia.

Reconforta que la derecha recalcitrante de Casado asuma la realidad de «un golpe de Estado» materializado el 23 F, y no de una mera intentona según pretende Vox. En un par de décadas reconocerán que la autoría del 11M no corresponde a ETA. Con algo de distancia, el púgil caído aprenderá que no se puede reinar después de morir. Y sobre todo, que España/PP sabe ser una amante muy desagradecida.

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