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con la historia

Los abuelos de ‘Saber y ganar’

Pere y Maria Mercè son gente de rutinas. Suelen hacer las mismas cosas a las mismas horas y, desde hace muchos años, en su casa se sabe que es hora de comer porque en La 2 emiten Saber y ganar, el concurso que con una constancia inigualable presenta Jordi Hurtado desde hace 25 años. En febrero de 1997 se estrenó este mítico programa de preguntas y respuestas y, pese al cuarto de siglo en antena, el equipo encabezado por Hurtado transmite la misma ilusión y energía que el primer día. Nadie diría que llevan tanto tiempo poniendo a prueba los conocimientos de tres concursantes que siempre dejan boquiabiertos a los telespectadores con sus aciertos.

‘It’s Academic’, longevoconcurso de EEUU, en 2009.

Ni que decir tiene que Saber y ganar ha entrado en los anales de la historia de la tele española, pero es que, además, su persistencia también es un homenaje a los pioneros de este tipo de programas que nacieron hace 90 años, en buena parte por culpa del famoso crack de 1929. En octubre de ese año, la burbuja que se había ido creando en la Bolsa de Nueva York estalló. De repente, gente que hasta ese momento pensaba que tenía una fortuna porque las acciones cotizaban por las nubes lo perdió todo. Y en un efecto dominó que nadie supo detener toda la economía norteamericana se contagió de esa debacle. Empezaba la Gran Depresión, un periodo de miserias y pobreza para mucha gente. Las imágenes de hombres con traje y corbata que, en vez de hacer cola para ir a la oficina, esperaban un plato de sopa de la beneficencia todavía impresionan.

La gente se aferraba a cualquier cosa que les permitiera alejarse de las penas. Uno de los entretenimientos más populares era la radio, el gran medio de comunicación de masas de entonces. Enseguida los concursos fueron de los programas más populares del dial. La mecánica de pregunta-respuesta encajaba muy bien con las características del lenguaje radiofónico. Además, las marcas comerciales supieron ver un filón para anunciarse. Eran las principales patrocinadoras y, a cambio de ser mencionadas en antena, regalaban un lote de sus productos o una cantidad de dinero.

Si ahora, cuando en una radio sortean cualquier cosa enseguida les vuela de las manos, imaginen lo que pasaba durante los oscuros años 30, donde la crisis económica hacía que la gente se agarrara a un clavo ardiendo. Toda esa cultura del concurso radiofónico acabó saltando a la televisión. Después de la Segunda Guerra Mundial, EEUU se había quitado de encima la Gran Depresión y vivía una época de expansiva euforia al verse los grandes vencedores del conflicto. La clase media vivía su mejor momento. El sueño americano era conseguir una casa en una de esas urbanizaciones que nosotros solo vemos en las películas y que ellos llaman suburbs. Aquellos hogares disponían de las más modernas comodidades y sobre todo poseían el gran invento del momento: la tele. Las familias se reunían en torno a aquella caja llena de imágenes y una de las primeras cosas que pudieron ver fueron todo tipo de concursos: para mayores, para escolares, de preguntas y respuestas, de azar... Siempre con las marcas detrás para sacar rédito comercial. La diferencia era que los premios en metálico eran cada vez más suculentos. Ya no se trataba de sobrevivir, como ocurría en los años 30. Ahora la gente quería ser rica.

En España, la televisión empezó a funcionar en octubre de 1956. Inicialmente el radio de emisión solo cubría un perímetro de 60 km alrededor de Madrid. Y, encima, solo podían verlo cuatro gatos porque tan solo existían 600 aparatos en todo el país. La programación estable no se puso en marcha hasta mucho después y con ella llegaron los concursos. El primero se estrenó en 1958 y se llamaba El enigma. Luego vinieron otros. Muchos llegaban de la mano de las grandes marcas de consumo del momento. Aquellas corporaciones adaptaban programas de televisión creados en Estados Unidos y los utilizaban como arma publicitaria. Ahora los concursos ya no sirven para promocionar marcas, pero siguen entreteniendo y ayudan a la audiencia a aprender cosas nuevas. Y si no, que se lo pregunten a Pere y Maria Mercè mientras toman café después de comer.

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