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Javier Cuervo

Artículos de broma

Javier Cuervo

El vértigo de caerse

La muerte del fotógrafo suizo René Robert, de frío en una céntrica calle de París después de nueve horas desvanecido sin que nadie lo auxiliara, deja una impresión duradera y ratifica que la calle es un espacio para transitar de un lugar A a un lugar B. El humano respecto a la calle es un viandante y el que se detiene estorba.

¿Cómo andar en la ciudad? A mayor tamaño de la urbe, mayor velocidad del peatón. Las zonas verdes interfieren en la velocidad ambulatoria: a unas personas le enlentecen el andar hasta sentarlas, a otras las hacen correr hasta agotarlas. Ante cualquier vehículo, el viandante se vuelve peatón por el mero hecho de ir a pie y en las ciudades muy automovilizadas el paseante es sospechoso. A partir del cierre de las tiendas en Los Ángeles un paseante es un presunto para los patrulleros, incluso aunque sea blanco.

La calle no es para quedarse parado, excepto para mendigar y vender lotería. A partir de la mayoría de edad, el asiento ha de hacerse en bancos -mobiliario urbano normalizado- con la salvedad universitaria y turística de algunas escalinatas céntricas. Nunca hay que tumbarse en la calle, salvo que se esté en alguna plaza con un museo cerca.

El movimiento humano, de posición erguida, implica verticalidad y ese juego de equilibrio se identifica moralmente con la dignidad: más vale morir de pie que vivir de rodillas. En Manhattan los apresurados yupis treintañeros tienen unos segundos para imprecar con desprecio al homeless tirado en la acera. En sentido contrario, los clochards franceses, desde el suelo, gritan consignas de anarquismo etílico a los parisinos ajetreados.

Tiene sentido que un vagabundo haya alertado a la policía del cuerpo inerte de René Robert porque conoce la tipología de los caídos, de los sentados y de los tumbados en las aceras. Ve el mundo desde la perspectiva de suelo que los demás evitamos. Antes de tener edad de preocuparnos por los huesos, caer causa más vergüenza que dolor y de ahí el sobreponerse al daño y levantarse a toda prisa.

¡Ay de los caídos!

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