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Humberto Hernández

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Humberto Hernández

A vueltas con los anglicismos:el retorno del picú

En algunos de mis artículos de divulgación lingüística he tratado asuntos relacionados con el inglés, de su influencia y del uso de anglicismos en el español. Así, en el titulado Anglicismos, que se publicó en el año 1998 (recogido en mi libro Una palabra ganada. Notas lingüísticas), me referí a su desmedida presencia en rótulos y anuncios publicitarios, y decía que me parecía inadmisible acudir al inglés, cuando se hace por ignorancia o estulticia, para sustituir voces existentes en nuestra propia lengua (busines por negocio; management por dirección o gestión; handling por asistencia), incluso, cuando se ocultan tras la apariencia de una voz hispana (doméstico por nacional, actual por real, argumento por discusión, librería por biblioteca, son algunos de los denominados falsos amigos). En Tú no sabe inglé (El Día/ La Provincia, 2-2-2020), reconocía la importancia de aprender otras lenguas (y el inglés, por supuesto), por razones de índole cultural y no por imposiciones de tipo económico o político, o por un incomprensible afán de notoriedad o de falso prestigio («Spain is back, Spain is here to stay», manifestaba en su toma de posesión una ministra española). Criticaba, además, el excesivo interés por el inglés cuando estaban por resolver muchos asuntos de suma importancia relacionados con la enseñanza del español, con el reconocimiento de sus modalidades dialectales como patrimonios culturales de innegable valor, y con la promoción y estudio de las otras lenguas de España y de sus manifestaciones literarias.

Y vuelvo sobre los anglicismos porque tras la publicación de Polémicas sobre la lengua: en torno a fajana y majalulo (El Día / La Provincia, 2-1-2022) es posible que alguien haya podido entender que mis palabras eran una declaración de lingüística anglofilia con el consecuente desprecio a nuestra propia lengua: ¡nada más lejos de mis intenciones y de mis ideas! Me mostraba más partidario de quienes valoran la capacidad del español de hispanizar (o españolizar) voces foráneas, si son necesarias y vienen a enriquecerlo, que la de quienes con una actitud purista rechazan lo extranjero por la mera razón de serlo. Y del mismo modo que no discuto la presencia de mitin (del inglés meeting), elepé (deletreo de las siglas del inglés long play) o chat (igual en inglés, aunque ahora con el significado de «intercambio de mensajes en Internet») sí que me cuesta aceptar casual, pronunciado [kásual], por informal (moda casual); celebrity por celebridad o famoso, community manager o personal shopper; incluso otros menos llamativos (pero anglicismos innecesarios al fin), como colapso en lugar de derrumbe, o soportar en vez de ayudar o apoyar. Rechazo de plano el uso de palabras del inglés por el simple hecho de pretender hacer más prestigiosos los mensajes: no entiendo el porqué de la denominación Barceló Hotel Group o Volkwagen Comerciales Services Plus en los talleres de la empresa automovilística ubicados en una ciudad del Archipiélago. O cuando innecesariamente se utiliza una abreviatura inglesa para una entidad española (Co., Corp., de Company y Corporation); y qué decir de esos estúpidos apóstrofos con los que se pretende dar apariencia de modernidad en anuncios publicitario o rótulos de tiendas (José y Luis Peluquero’s).

Espero haber dejado clara mi posición en torno a esta cuestión. En este sentido, y siguiendo en este mundo de lo empresarial, me satisface comprobar ―todo hay que decirlo― que existen establecimientos de nuestro ámbito que no solo rechazan el estúpido anglicismo sino que han decidido optar por el español más próximo, el más nuestro, como son los casos de Folelé [tienda de bisutería]; Perenquén Informática; Restaurante Guaydil, o Fotocopias Drago, denominaciones que además proporcionan magníficas posibilidades iconográficas para su publicidad.

Nunca conoceremos con certeza las razones lingüísticas, que no sociológicas, por las que se acude al extranjerismo, o por qué se desecha este, una vez introducido, en favor de la voz propia. Cómo, por ejemplo, de la palabra vaqueros saltamos a jeans, para volver a preferir la primera. En realidad el proceso evolutivo de la denominación de este tipo de prenda de vestir ha sido más largo, y desde mi propia experiencia lingüística, en mi idiolecto, primero fue pantalón de remache (sintagma que no localizo en ningún diccionario); pantalón vaquero, más tarde; tejanos, luego, para llegar al anglicismo jeans [o blue jeans], que últimamente hemos abandonado en favor, de nuevo, de la voz vaqueros.

No recuerdo, por otra parte, haber vivido ninguna campaña que promoviera el uso de las traducciones al español de los muchos anglicismos, plenamente asentados en unos momentos, en el lenguaje de ciertos deportes; sin embargo, y sin darnos cuenta, el orsay u órsay (de off side), el fao (de foul), o el frisqui (de free kick), por ejemplo, han pasado a generalizarse como fuera de juego, falta y tiro libre. Corner y penalty se han españolizado en córner y penalti, aunque a veces se utilizan las expresiones más nuestras de saque de esquina y pena máxima.

A veces podemos encontrar razones para explicar la presencia de extranjerismos, y se observa, sobre todo, cuando existen relaciones con comunidades anglófonas, como es el caso de Canarias con las Islas Británicas a finales del XIX y principios del XX, por razones más que nada comerciales. Se introdujeron en estos momentos un buen número de anglicismos, que hoy se consideran canarismos característicos de nuestra modalidad dialectal; son representativas de esta influencia las palabras queque (de cake), piche (de pitch), naife (de knife), chercha (de church), trinqui (de drinke), choni (del antropónimo inglés Johnny), y, aunque probablemente a través del español americano, otras como güinche y guachimán. Muy conocidas son las denominaciones de cierto tipo de papas: las quineguas (de King Edward) y las autodate (de up to date). (Vd. el Diccionario básico de canarismos, de la Academia Canaria de la Lengua).

He vuelto a revivir, con nostalgia, momentos felices de épocas pasadas al observar que se recupera un viejo anglicismo, casi olvidado. «Me regalaron un picú», me comenta, alborozado, mi amigo, quien escucha música a través de los aparatos más sofisticados, que eliminan todo tipo de ruidos y reproducen el sonido con una excelente nitidez. Pues sí, a pesar del ruido ―que para mí era imperceptible― producido entre la aguja del picú y el microsurco, mi amigo ha comenzado a desempolvar los discos de vinilo y a traerse los que había dejado en casa de sus padres. Y con el nuevo/viejo picú resurge, además, la palabra elepé (resultante del deletreo de LP, sigla inglesa de long play, larga duración, con el que se nombraba al disco de vinilo de 30 cm de diámetro). Nunca reconoció la Real Academia, en justa correspondencia, la posible adaptación sínguel para single (del inglés), para hacer referencia al disco sencillo.

Y me llamó la atención volver a escuchar la voz picú, porque era la habitual en mi casa, y no creo que ni mis padres ni los familiares mayores la asociaran con una palabra de origen inglés ni de elevado prestigio. Es más, tan pegada estaba al uso cotidiano, a los registros más familiares, que cuando quisimos nombrar a otros reproductores más modernos, con mejor sonido y altavoces de última generación (nada de utilizar el del aparato de radio), entonces empezamos a denominarlo, enfáticamente, tocadiscos.

La voz picú, con sus variantes picá y picap, procede del inglés pick-up, y aparece registrada en distintos diccionarios con este sentido, además del referido a cierto tipo de vehículo automóvil. María Moliner en su Diccionario de uso del español (2.ª ed., 1998) registra picap y pick-up y, además de remitir al sinónimo tocadiscos, ofrece una definición tan ajustada a mi idea de lo que era un picú que puedo imaginarme a la admirada lexicógrafa redactándola a la vista del que había en el salón de la casa de mis padres: «Dispositivo que se acopla a un aparato de recepción de radio para tocar discos y oírlos con el mismo altavoz de este». Y así era, el picú y la radio eran elementos indisociables.

También la registra el Diccionario del español actual, de Manuel Seco [dir.], en las formas picú y pick-up, con la marca de «voz rara» en el español de hoy; y la Real Academia Española, que la había incluido de forma provisional en su diccionario Manual en 1985, y que no volvió a tener en cuenta, la ha incorporado en la última edición de su Diccionario general (23.ª ed., 2014) bajo el lema picú como voz propia del español de España y de muy escaso uso.

De todos modos, sobre la extensión de su uso habrá que hablar más adelante, si es que la industria discográfica del vinilo consigue reponerse y llegue a fabricar tantos elepés como están demandando los nuevos usuarios de picús, pues a tenor de las noticias no parece que sea tarea fácil ponerse al día en su fabricación (Vid., por ejemplo, La fiebre de los vinilos desborda a las fábricas, El País, 23-1-2022).

Creo que son buenos ejemplos para demostrar que el control sobre la lengua lo ejercemos entre todos los hablantes, y que su evolución y los cambios que puedan producirse en su seno son difíciles de prever. Y, aunque por una simple razón de eficacia comunicativa debamos atenernos a una norma, que no es otra que la que emana del buen gusto, del ejemplo de los usuarios responsables y del respeto a la decisión de la mayoría, la lengua funciona perfectamente sin que tengan que influir los deseos o las pretensiones (buenos o malos) de determinados sectores o instituciones que no reconozcan esta incontrovertible realidad.

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