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Juan Pedro Rivero González

Distinguir para endender

«Dulce, salado, picante y ácido». Así presentó el camarero los entrantes especiales de la casa. Realmente estaba bueno, y por el empeño de su propuesta, tomamos aquel aperitivo. Tenía de todo lo que el paladar puede reconocer como sabroso en ese momento. Y, ciertamente lo tenía. No recuerdo cómo se llamaba. Pero para mi intención ahora el nombre es lo de menos.

Es coherente con nuestra naturaleza tener de todo y tenerlo todo. Una coherencia imposible, porque siempre hay alguna laguna o carencia que nos despierta el deseo. Tal vez lo que nos falta es lo que más nos motiva. Somos también nuestras ausencias y nuestra incompletitud. Somos los que tenemos y somos el conjunto de nuestras carencias.

Somos lo que entendemos y, también lo que no entendemos. Si lo que responde a nuestro paladar apetece, lo que responde a nuestra inteligencia también. Es la huella de un deseo mucho mayor que busca comprender el todo. No nos bastan las pequeñas explicaciones de las realidades concretas, sino que tiramos alto cuando se despiertan en nosotros los interrogantes profundos que hacen relación a cuestiones gordianas, como el nudo del rey Gordias que sería tan costoso de deshacer.

Aquella apelación a una razón amplia, de horizontes dilatados, que no se contente con las pequeñas cebollas del caldero de Egipto, que satisface las necesidades primeras, es siempre necesaria. Para muchos es una pérdida de tiempo estar dándole vueltas a la cabeza buscando preguntas incómodas de difícil respuesta. Solo son preguntas incómodas para mentes de razón estrecha; tuertos que no son capaces de admitir que la realidad es algo más de lo que su único foco ilumina.

Tener el don de la inteligencia es un verdadero privilegio humano que no debe ser malgastado con la pereza desheredada de las cosas poseídas. Queda mucho más allá de nuestro horizonte. Hay muchas cosas que aún no hemos olido, saboreado, sentido. Hay mucha realidad más allá del Finisterre de nuestros conocimientos actuales. La verdad es muy grande. Abramos los ojos. Despertemos el deseo.

No basta con enarbolar la bandera del pensamiento crítico para que este se haga presente. No es pensamiento solo por el hecho de ser crítico, pues algunos rompiendo todas las barajas que caen en sus manos creen que han descubierto los secretos del juego. El pensamiento crítico es, antes que nada, pensamiento. Y el pensar se entrena. Tal vez tengamos un exorbitado espacio para lo absurdo y vestimos de criticidad una cadena ilógica de ideas inconexas a las que llamamos pensamiento.

Muchos loros que repiten, como si fueran evidencias, las palabras de aquellos medios de comunicación que juegan al juego de los grandes. Letra de canciones que terminan saliendo espontáneas al ritmo de los sonidos repetidos en las que ya no sabemos lo que decimos al cantar. Y es necesario despertar al cantante y recordarle lo que dice. Despertar el pensamiento.

Es pensar lo que complica al manipulador su intención. Es pensar lo que precisa entrenamiento. No basta con que lo hayan dicho otros antes que nosotros para que se confirme su verdad. Este esfuerzo de entender merece un buen aperitivo que incluya lo que tenemos y de lo que carecemos; lo que sabemos y lo que ignoramos.

Pararnos a buscar en nuestro paladar inteligente los dulce y salado, lo picante y lo ácido. A distinguir para entender.

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