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Alejandro de Bernardo

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Alejandro de Bernardo

Lo que me haces hacer

Llovía. Llovía a cántaros. Algo que no suele ocurrir mucho aquí. Venía de comprar un artilugio para que las luces led no siguieran parpadeando tras apagar el interruptor. Sobre las nueve y media de la noche. La radio encendida. Como casi siempre. Como siempre. Hora 25. Alejandro Palomas, no el escritor; no el autor de Un amor, no el ganador del premio Nadal de 2018 y no sé cuántos reconocimientos más. No, ese no. Alejandro Palomas el hombre. La persona. Se abría en canal para contarnos, desde la serenidad de quien se ha trabajado mucho, las vejaciones a las que fue sometido por un religioso –su profesor y tutor- y la huella imborrable que han dejado en él.

Solo tenía ocho años. Año 75. Estudiaba en el colegio La Salle Premiá de Mar. Era un niño muy introvertido, solitario e hipersensible. Un niño diana. El hermano L se ganó la confianza del niño pero sobre todo la de sus padres. Después, lo acosó, abusó y lo agredió sexualmente. Estaba en quinto de EGB.

El relato es escalofriante. Escucharlo en primera persona te derrumba. Es de esos momentos en los que uno desearía ser un pájaro, un perro o una piedra. Sí mejor una roca. Llevar esa cruz cuarenta y pico años, esa tortura malaya horadando tu amor propio, tu personalidad y tu persona. Distorsionando siempre para mal, la forma de relacionarte con el mundo, con los demás, con la vida… ¿Cómo se cura esto? ¿Cómo se paga? ¿Hay indemnización posible? –No. Palomas lo dice. Y lo denuncia. Ahora que su madre ya no está y que ha pasado el duelo de su despedida.

«Desde que decidí hablar se me han reventado los nudillos, no sé si ha sido de apretarme tanto las manos». Es un tema sin final, quiere que su nombre o su renombre, mas bien, sirva para que se investigue. Para que el Estado entre de lleno de una vez en ese iceberg del que tan pocos asoman. Unos por miedo –miedo que a él nunca lo abandonó–, otros por ese «concepto que se tiene de la masculinidad». Quiere que dejen de sentirse culpables.

El hermano L era para todos el ser más maravilloso del mundo, muy solícito, cariñoso, confiabas en él plenamente. El lobo con piel de cordero. Cómo lo va a distinguir un niño de 8 años… cuando ni siquiera tienes claros los límites entre lo bueno y lo malo. Y más si supuestamente te quiere tanto.

Iba a lo que iba. «Yo me enfermaba mucho, sufría infecciones constantes de garganta y él se ofrecía siempre a llevarme a casa en el coche cuando me subía mucho la fiebre. Su manera de actuar se repetía, empezaba como queriendo jugar, haciéndome cosquillas, pero las cosquillas le duraban dos segundos». Se derrumba el escritor. Pero esto no es lo peor. «Lo peor es la angustia, el miedo que sentía porque estaba en su cartera, en su archivo, en su punto de mira, siempre escapando de él en los recreos, quería ser invisible». Sigo escuchando el silencio para coger aire y fuerzas de Palomas. Y el ruido de la lluvia en los cristales del coche. Te reconcomes por dentro pensando lo que está relatando. ¡Cómo tiene que ser para él!

Continúa el escritor con realismo y crudeza. Sin eufemismos. No queda otra. Acaba el curso y llega el verano. «Me fui de colonias con el colegio. Allí tuve un accidente jugando al tenis, alguien me lanzó una piedra en el ojo, por lo que me llevaron a la enfermería». ¿Y quién se encargaba de la enfermería? Este hombre. «Entonces este hermano lo que hizo fue dejarme toda la noche en observación en la enfermería, desnudo, con una sábana, porque era verano. Esa noche me visitó tres veces. Eso sí lo tengo claro. Cerró la puerta con llave, me ató las manos antes, porque me dijo que durmiendo tenía miedo de que me tocara el ojo, y luego ya lo que pasó fue que intentó penetrarme. Yo estaba de lado, con las manos cogidas, y bueno, lo intentó, y la última medio lo consiguió. Me violó a los 9 años. Sentía mucha vergüenza. Fue la noche más larga». Y la alimaña cuando terminaba, porque terminaba, le decía: «Hay que ver lo que me haces hacer».

Del obispo de Tenerife no quiero ni opinar. Iba a ser mi tema de hoy como lo hice en 2007. Mejor me callo. Feliz domingo.

adebernar@yahoo.es

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