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¿Seré yo la siguiente?

En el supermercado, el cajero tose. Es un ruido feroz. Cada vez que gargajea, imagino un campo de protones, en donde los protones son virus, estallando dentro de su mascarilla. Una compañera se acerca y le pregunta susurrando si ya se ha hecho la prueba. La mujer que está detrás de mí, presa del pánico, aborta la acción de comprar y se escapa pasillo abajo. Él responde que al acabar el turno. No puede con su alma. Está pálido y tiene los ojos vidriosos. Me despido deseándole suerte. Del súper a la farmacia. Tengo a cinco personas delante. Cuatro piden varias unidades del auto test. El quinto compra Paracetamol. La farmacéutica les recuerda que hay que guardar el tique. «Por si da positivo». Ellos asienten. Presiento que el círculo va cerrándose y que tendré difícil escapatoria. Yo iba a por barras de regaliz y a por mis pastillas para el hipotiroidismo, pero ya que estoy me llevo varios test y un termómetro.

Al llegar a casa, abro el gestor del colegio. Uno, dos, tres avisos de la Dirección. Hay varios positivos en las clases. Nos urgen a extremar precauciones y actualizan los síntomas. Someto a mis hijos a un tercer grado. ¿Están bien? ¿Se han acercado más de lo normal a alguien? «Define normal, mamá». Y yo que sé. ¿Se han bajado la mascarilla en algún momento? Decido atajar el problema de raíz y anuncio antígenos a diestro y siniestro. El baño se convierte en una zona cero y en una batalla campal. Ellos me agarran de la solapa del pijama y yo les inmovilizo la cabeza. Me oigo a mí misma proclamar que, si no se están quietos, puedo perforarles algo. Les pido perdón por la exageración, les aseguro que les quiero y el cargo de conciencia por ser una madre que intenta lograr sus objetivos a base de infundir miedo me carcome. Negativo. Suspiramos.

Suena el teléfono. Es mi compañera de trabajo. Se disculpa, pero debe cancelar la reunión presencial porque acaba de dar positivo. Tenía dolor de garganta y malestar. Nos conectamos a una video llamada y dedicamos los siguientes minutos a hacer un rastreo de sus contactos. Todo nuestro entorno está prevenido y dispuesto para autocuidarse, autocurarse y autogestionarse, si fuera preciso, su baja y su alta. Por salud mental, decido ir a comer con amigos. Conduzco hacia el restaurante y escucho la radio. La locutora comenta que, diariamente, sobrepasamos nuestro máximo. Por salud mental, decido mudarme a una radio fórmula. Escucho lo nuevo de Rosalía y me doy cuenta de que, entre ella y yo, hay varios universos porque no entiendo ni una palabra, ni un mensaje. De repente, sin comprender por qué, añoro la música de El Último de la Fila.

Mis amigos y yo comemos fuera. Llegamos con una manta bajo el brazo. Estamos congelados. Hay dos bajas. «¿Positivos, también?», pregunta ella. «Se cuela por todo», sentencia él. Me rindo. ¿Quién será el siguiente? ¿Seré yo? Me llama mi hijo y me dice que su amigo lo ha pillado, que estuvieron juntos en el patio y que no se encuentra bien. ¡Tate! Primero, él. Luego, yo. Después, mi hija. Gracias a quienes se preocupan por nosotros. Hay que reconocer que es muy agradable sentirse queridos.

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