Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

El interruptor del matrimonio

Al coitus interruptus de toda la vida se le acaba de sumar la interrupción del matrimonio, que viene a ser algo así como si se pulsara el interruptor de la luz conyugal. El hallazgo expresivo, sin duda revolucionario, corresponde a una pareja de la que forma o formaba parte una hija y hermana de reyes. Para que luego digan que la institución monárquica es conservadora por su propia naturaleza.

Más allá de dar combustible al chismorreo, el lance que ha cortocircuitado un famoso matrimonio de royals en España trae consigo una notable aportación a la riqueza de significados del castellano.

Hasta ahora, la gente del común –e incluso la otra– se limitaba a separarse y/o divorciarse cuando el contrato matrimonial ya no daba más de sí. Liberales y socialdemócratas, sin excluir a los rojos de siempre, se ocuparon de aprobar leyes al respecto durante la transición de la dictadura a la actual democracia.

Lamentablemente, esas vulgares facilidades de ruptura no pueden ser asumidas al completo por la realeza: cuando menos, en este país, donde la monarquía tiene un fuerte componente religioso. Si hay que separarse, uno se separa, como en realidad han hecho las dos hijas de Juan Carlos I. Otra cosa es cómo se presenta ese incidente marital al público.

Cuando la separación resulta inevitable, no queda sino recurrir a innovadoras fórmulas lingüísticas basadas en el eufemismo. Si en el caso de la infanta Elena se acuñó la expresión: «cese temporal de la convivencia», en el de su hermana Cristina la creatividad ha ido aún más lejos, hasta el punto de alumbrar el concepto de interrupción del matrimonio.

Tal invención abre un enorme abanico de posibilidades desde el punto de vista de la lengua, en la medida que puede aplicarse a muchas otras situaciones.

Un despido, por ejemplo, podrá ser notificado a la víctima en términos bastante menos dolorosos de los que se vienen usando hasta ahora. «Lamentamos comunicarle que la empresa ha decidido proceder a la interrupción de su contrato con fecha tal de tal», podrá leerse, si la tendencia prospera, en los burofaxes de los departamentos de personal.

El trabajador así interrumpido en sus funciones se irá igualmente a la cola del paro, por supuesto; pero el trance habrá de resultarle más llevadero.

Del mismo modo, los médicos podrían certificar la interrupción de la vida, omitiendo así la mención expresa de la muerte, que tan mal suena en los oídos. «Queda interrumpido este matrimonio», podrán sentenciar a su vez los jueces.

A los gobiernos, ya de suyo imaginativos, le vendría igualmente al pelo esta fórmula. Cuando no puedan o no quieran actualizarles el sueldo a sus funcionarios, un suponer, se limitarían a anunciar que en el año en curso «se interrumpirá el crecimiento salarial». Y jamás habrán de declarar la guerra a nadie. Al enemigo se le comunicaría, sin más, la interrupción de la paz entre los dos países.

Todo ello será posible gracias a la delicadeza expresiva ideada por los ex duques de Palma o por sus asesores para informar que han pulsado el interruptor de su matrimonio. Por mucho menos que esto han sido postulados otros candidatos a un sillón de la Real Academia de la Lengua.

Compartir el artículo

stats