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La gata sobre el teclado

No mires adentro

Según diversos autores (socorrida expresión que nos delata cuando no recordamos dónde demonios leímos lo que vamos a decir) podría definirse el arte como un espacio donde el alma se recrea, un refugio en el que el ser humano manifiesta su capacidad de expresión y que constituye, como espejo de la sociedad que es, un fiel reflejo de las condiciones y circunstancias del tiempo y del lugar en el que surge.

El arte también es, como decía Picasso, esa mentira que nos permite comprender la verdad, a pesar de que esa verdad pueda estar a veces bajo capas y capas de símbolos, metáforas y metalenguajes diversos que cada observador interpretará por su cuenta y riesgo. Porque, aunque el idioma del arte es universal, las proyecciones artísticas se ven impregnadas de la cultura, la ideología, las creencias, la experiencia y el momento vital de cada espectador.

En el cine, denominado séptimo arte desde 1911, la experiencia subjetiva se magnifica por la complejidad y la cantidad de estímulos que confluyen hacia nuestra mente a través de nuestros sentidos. Además, por un lado está lo que queremos o esperamos ver y por otro, lo que podemos ver (lo que alcanzamos a comprender). Y no siempre coinciden. No siempre vemos lo que quisiéramos y, en ocasiones, no siempre queremos ver lo que podríamos ver. (Tiene mucho sentido lo que acabo de escribir aunque haya que darle un par de vueltas, tomándose antes una Biodramina por precaución).

Un ejemplo reciente de cómo una película puede ser interpretada a conveniencia del espectador en múltiples sentidos (algunos de ellos diametralmente opuestos) es No mires arriba, estrenada en diciembre de 2021. Desde mi punto de vista (otra interpretación subjetiva) este es uno de sus grandes méritos: una sátira en la que todos pueden encontrar el zasca perfecto para el enemigo que mejor se ajusta a su visión de la realidad.

Este polémico film nos presenta a dos científicos: un profesor de astronomía y una de sus alumnas de posgrado, que descubren un meteorito cuya trayectoria va a finalizar en un inminente impacto contra nuestro planeta. Los cálculos les confirman que disponen de seis meses para que el evento les pille confesados y tratarán de advertir a la humanidad, informando a las autoridades políticas y a los medios de comunicación. Para su desesperación, se encontrarán con una clase política vendida a una gran corporación (que ya tiene previsto cómo huir del planeta en última instancia) y con unos medios de comunicación que convierten la llegada del aerolito en un espectáculo esperpéntico. Todo esto, resumiendo mucho.

A la hora de extraer lecturas todos se han servido su dosis de autocomplacencia. Donde unos han visto una parodia del gobierno de Trump, otros han visto una incisiva crítica hacia la clase social política en general. Mientras que unos centran su discurso en el énfasis del mensaje de concienciación sobe el cambio climático o la desesperación de la comunidad científica ante supuestos planteamientos negacionistas (palabra tan flexible como reversible), otros han visto un claro tirón de orejas a los científicos que se dejan seducir por el brillo mediático y los aires de grandeza de la industria tecnológica.

No mires arriba se interpreta como un lema de doble dirección: por un lado el intento de los poderes fácticos por entretenernos con cualquier cosa con tal de que no despeguemos los ojos de nuestros dispositivos móviles, o también como el grito de guerra de los insurgentes que nos advierte del peligro que conlleva mirar (escuchar) a los de arriba porque solo pretenden engañarnos.

En cualquier caso todo indica que estamos ante una sátira que pretende dar una especie de bofetada coral donde no se salva ni el apuntador: el capitalismo, el gobierno, los políticos, los influencers, los multimillonarios frikis de las nuevas tecnologías, las grandes corporaciones…. No se salva nadie y además (spoiler) es literal.

En ese sentido, tal vez el meteorito no es más que otra metáfora de cualquier verdad que esté por encima de cualquier ideología, posición política, nivel económico o cultural. Una verdad que más pronto que tarde nos estallará en la cara y podría ser perfectamente el hecho de que, nos guste o no, existe un orden superior (vamos a llamarlo Naturaleza) que va a seguir sus ciclos con o sin nosotros. Y nuestra opinión al respecto poco o nada importa porque aquí estamos de paso (recordemos que el pasaporte a la tumba lo tenemos todos adjudicado por nacimiento).

Pero todavía podemos quitar una capita más de la cebolla cinematográfica. Un manto sutil donde suelen esconderse verdades más incómodas o revelaciones sorprendentes. Existe un mensaje más profundo que comienza a dibujarse en la relación entre la astrónoma en ciernes, Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence) y Yule, el skater adolescente interpretado por Timothée Chalamet. Dos outsiders que se reconocen y conectan como si siempre hubieran estado juntos. Ella ha sido silenciada en los medios, ridiculizada en las redes sociales y obligada a permanecer fuera del sistema por su integridad y sentido común como científica y como persona. Él ha sido rechazado por su propia familia por tener una concepción espiritual más abierta y trascendente que choca con la religiosidad convencional de ellos. La metáfora del ineludible encuentro entre ciencia y conciencia (espiritualidad) está servida.

Confirma mi teoría la escena de la última cena. Cuando se acerca el inevitable fin, los protagonistas acaban compartiendo mesa y mantel con un reducido grupo de personas (familia o no) con las que comparten una afinidad más allá de los lazos de sangre. Todos parecen entregarse con aceptación y humildad a ese orden superior que ha decidido su destino final sin preguntarles, y lo único que se les ocurre es entrelazar sus manos reconociendo que rezarían algo si supieran hacerlo. Entonces, el joven skater les comunica que él sí sabe rezar. Y lo hace. La ciencia escucha a la espiritualidad. Y el astrónomo (Leonardo Di Caprio) pronuncia una sentida frase: «En realidad lo teníamos todo. Si lo piensas bien». Y tanto. Solo que para pensarlo bien y darse cuenta de todo lo que tenemos hay un lugar al que debemos mirar. Es ese lugar que ningún poder externo que pretenda controlarnos para su propio beneficio va a querer que miremos nunca. Y hará todo lo posible para que no miremos… adentro.

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