Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco Pomares

Hospitalidad

Más de la mitad de las pateras que han llegado en los últimos días a Canarias arribaron por Lanzarote. Más de la tercera parte de los inmigrantes irregulares que llegan a Canarias desembarcan en la isla, y son hospedados en condiciones inaceptables. Desde el inicio del año, han sido más de 700 personas. El conflicto abierto entre el ayuntamiento de Arrecife y la Delegación del Gobierno en Canarias mantiene sin uso el flamante campamento financiado por la Comisión Europea, que Interior ubicó en terrenos cedidos por la Autoridad Portuaria, detrás de la Comisaría de Policía de la capital conejera, y que sigue –asombrosamente– sin ser utilizado, según la Delegación del Gobierno porque Arrecife no facilita la licencia municipal de apertura, y según Arrecife porque la Delegación del Gobierno no ha presentado los papeles necesarios para obtenerla.

Mientras los políticos se tiran la responsabilidad a la cabeza unos a otros, algo más de tres centenares de inmigrantes de entre los más de 400 llegados a las costas de la isla en la última semana, agotados por el trayecto y exhaustos ante las dificultades que aún les esperan, se amontonan en una nave insalubre, infectada de cucarachas, con goteras, un solitario grifo de agua para que los internos puedan lavarse y con el único saneamiento de cinco retretes químicos.

Es una vergüenza que un conflicto idiota entre dos instituciones públicas políticamente enfrentadas impida el uso de unas instalaciones al aire libre, que no son precisamente una bicoca para los recién llegados, pero están desde luego mucho mejor equipadas y preparadas. Pero la juerga de bloqueos y declaraciones sigue, mientras centenares de seres humanos padecen una situación de desatención, indignidad y maltrato.

Lo de Lanzarote es realmente inaceptable: es tal la presión de gente hacinada, que –desde hace ya unos días– los menores no acompañados que llegan son directamente enviados a Tenerife, porque en los centros de la isla y de Gran Canaria ya no cabe ni uno más. El delegado Pestana insiste en explicar en sus conferencias de prensa que la situación es ahora mucho mejor de lo que era antes, «gracias al trabajo de los ministerios». Pero no es exactamente eso lo que ocurre, no es de esa forma: el último fin de semana alcanzaron la costa conejera hasta nueve embarcaciones cargadas con 400 personas. Y es precisamente eso –que no tiene mucho que ver con el «trabajo de los ministerios»– lo único que sigue siendo igual o incluso peor que antes. Las cifras de 2022 superan las de los dos años anteriores. No son cifras asumibles para un sitio pequeño como Lanzarote, donde cada vez es más obvio el malestar ciudadano ante la situación de hacinamiento y abandono de los recién llegados.

Lo que ocurre es que –a pesar de la pelea por presentar al otro como responsable del desastre– la gente es perfectamente consciente de que Canarias se ha convertido en el nuevo territorio frontera entre la pobreza de África y la abundancia europea, un territorio que decenas de miles de africanos cruzarán en los próximos años para conseguir una vida mejor. Y eso sabiendo a lo que se arriesgan, a los peligros que enfrentan en la travesía y al porcentaje terrible de personas que pierden la vida en el mar sin llegar a destino. Embarcan cada vez más al norte, en caladeros del Sahara Occidental antes español o en puertos de Marruecos, en embarcaciones cada vez más deterioradas. Se la juegan en el viaje. Y al llegar se encuentran frontalmente con el absurdo de la política: una nave infecta atestada y un campamento nuevo y al aire libre, concluido hace dos meses y vacío. Una nítida imagen de lo que les va a ofrecer la hospitalidad y la lógica de Europa.

Compartir el artículo

stats