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Francisco Pomares

Desestabilización

Rusia asumirá la presidencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el próximo 1 de febrero, en un contexto especialmente difícil, que un hombre extremadamente prudente, como el ex ministro Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, calificaba ayer como el momento más peligroso que vive el mundo desde el final de la Guerra Fría. Borrell no está exagerando. La situación creada por la voluntad del presidente Putin de retrotraer los equilibrios en Europa a la situación previa a la descomposición de la antigua URSS, comienza a resultar insoportable. Esta semana se apunta muy complicada: Estados Unidos debe responder a las demandas del Kremlin, que incluyen la retirada de la OTAN de su patio trasero, el compromiso occidental de que no se permitirá nunca a Ucrania integrarse en la Alianza, y una suerte de visto bueno tácito a la reimperialización de Rusia en la antigua órbita soviética. Con escaso poder disuasorio, y menor capacidad de implicar a sus ciudadanías –quizá con la excepción de Polonia– en el apoyo a un enfrentamiento con Rusia, las democracias europeas han jugado la doble carta del diálogo y la amenaza de sanciones, con muy medidos gestos belicos: España ha ordenado a la Blas de Lezo dirigirse al Mar Negro y ha anunciado el envío de cuatro cazas de combate. Es el mismo modelo de Dinamarca, que ha prometido mandar una fragata al Báltico y cuatro F-16 para reforzar la misión militar danesa en Lituania. Francia –el más potente de los ejércitos de la Unión– prepara un contingente de tropas para proteger Rumanía, y los Países Bajos enviarán a la zona dos F-35. Son manifestaciones de autoridad y voluntad, probablemente menos efectivas que la advertencia de durísimas sanciones económicas.

Por desgracia, la actual Rusia está más preparada ahora que hace unos años para hacer frente a esas sanciones, no sólo porque dispone de un arma poderosa (el abastecimiento de gas a la Europa central) para evitar que se mantengan mucho tiempo, sino también porque en los últimos años el país ha ampliado su capacidad comercial y logística más allá de sus tradicionales proveedores europeos. Además, los rusos tienen una demostrada capacidad de resistencia a la adversidad, son más nacionalistas que el resto de los occidentales, y llevan veinte años –desde 1999, cuando Putin se instaló en el poder– construyendo un relato de pueblo humillado por Occidente, calcado del que los nazis lograron vender en la cumbre de Munich de 1938 a Inglaterra y Francia para anexionarse los Sudetes.

Putin, un experto en contrainformación, formado como agente de la KGB, ha ido incluso más allá: ha logrado influir intensamente en la desestabilización de Occidente por medio de distintos procedimientos: la desinformación en internet, que se alimenta sistemáticamente desde plataformas financiadas por Rusia, la intervención de medios de comunicación, la compra de políticos retirados –pero en algunos casos de altísimo nivel, como ex canciller alemán Gerhard Schröder o el ex primer ministro de Finlandia, Paavo Lipponen, empleados por Gazprom–, o el fichaje para su causa de la extrema derecha europea y americana. Desde líderes como el propio Trump, que llegó a actuar en los primeros años de su mandato como títere de Putin, y acabó provocando la toma del Congreso de EEUU, a partidos como el austríaco Partido de la Libertad, el lepenismo francés, la Lega italiana, la Alternativa para Alemania, el Brexit Party (ahora Reform UK), la Unión Cívica húngara o el Movimiento Jobbik por una Hungría Mejor. Todos ellos juegan en mayor o menor medida a favor del imperialismo ruso, retrasando o bloqueando la construcción europea. Son los agentes de la autocracia de Putin y sorprendentes aliados a su vez de los movimientos secesionistas y los partidos y plataformas del nuevo comunismo 3.0. que han crecido como setas en los últimos tiempos.

En esta guerra, llegue o no a producirse, ellos tienen las de ganar.

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