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Mary Cejudo

Aquí una opinión

Mary Cejudo

El virus de los patinetes eléctricos

Andaba yo preocupada con la intención de cierto partido político, si llegan a obtener mayoría suficiente (¿qué pasa?, todos tenemos sueños irrealizables) de anular la ley en favor de mi derecho a la eutanasia, cuando me di cuenta de la poca importancia de semejante intranquilidad, al tener tan a mano la forma de terminar con mi vida de manera fulminante y certera: los patinetes eléctricos que han proliferado como setas venenosas salvajes en esta, ya de por sí, incómoda ciudad.

No necesitaría sino ir, por ejemplo, a la avenida de Anaga hacia, digamos, alrededor de las 6 de la tarde y fingir que camino o hago deporte por las vías adaptadas para esas dos actividades legales. Incluso, no tendría ni que pasar al carril de bicis o coches, por donde se supone deben, también, desplazarse dichas oronjas invasoras, porque éstas suelen ir serpenteando por los lugares peatonales y a la velocidad que les sale de sus… controladores.

Si semejante final me resulta un tanto excesivo y prefiero la intimidad de una acera, tampoco hay problema: estos artilugios desmedidos suelen estar tirados por doquier. Nada de decentemente aparcados en algún lugar seguro, sino en plena zona peatonal, atravesados en el suelo, medio caídos esperando el menor movimiento para aplastarte a traición… vamos, igualito que uno presiente sería un enemigo mafioso.

Puede que, como se jactan los que se creen que mandan, las están multando, aunque visto la mayoría de quienes las montan, dudo que lleguen a cobrarse. ¿Se harán cargo de esa posible multa el par de mocosos que bajan, a velocidad suicida por la avenida José Martí, instando uno al otro a atravesar el paso de peatones, aunque el semáforo esté en rojo al grito de «¡imbécil, que no viene nadie!»… o de la pareja que pasa, compartiendo base, ella sujeta al irresponsable que la conduce creyéndose Carlos Sainz o del trío que vuela juntos sorteando las dos direcciones de los carriles de la vía pública o de tantos otros a los que uno esquiva, como buenamente puede, cada día…?

Lógicamente alguien se debe de estar forrando con este desorden, por otra parte tan característico de Santa Cruz, porque pasa el tiempo y el peligro sigue ahí fuera, hasta que una mañana nos despertemos con la noticia de que ese choque entre una señora y semejante trasto ha tenido un mal final. O, para decirlo amparados en la realidad, un mal final esperado y lógico, dadas las circunstancias.

Como vivimos en tiempos de nuevas normalidades, quizás la que tenga las entendederas cortas sea yo y no entienda la perfección en el desastre al que ha llegado esta ciudad. Porque así, llegaría a comprender por qué asuntos de limpieza pública en pleno centro de la ciudad puedan ser denunciados gracias a los periódicos («Los mojos de la última»); que se esté realizando un proyecto de construcción de una playa (ojo, no una rehabilitación de la ya existente) cuando Las Teresitas está suplicando mejoras a gritos; que se esté planeando un museo con copias francesas cuando el Templo Masónico se está desplomando…

Sí, entendería que nada de esto tiene que ver con el sentido común y la inteligencia sino que es una consecuencia más de la adaptación a estos virales tiempos.

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