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Juan Cruz Ruiz

TESTIGO DE CALLE

Juan Cruz Ruiz

Emilio Sánchez-Ortiz, el hombre que le saca la lengua a las palabras

Las leyendas que marcaron nuestra juventud en las islas tienen muchas que nacieron y cobraron cuerpo entre escritores que hicieron de la noche el día y viceversa. Hubo una época en que esas leyendas ocurrieron en la madrugada de los cabarets o de los barcos y otras nacieron, y acaso murieron, en las playas, que eran el último escenario de aquellas correrías. A veces las vimos ocurrir los muy jóvenes que ya acompañábamos a los mayores y a veces, algo más tarde, nosotros mismos las protagonizamos.

Esta que les voy a contar fue un sucedido que contó Emilio Sánchez-Ortiz al volver a Tenerife desde Gran Canaria, adonde me parece que iba a acompañar a gente de Los Sabandeños, que ya era el grupo que juntó a las islas cantando. Según Emilio, ya escritor abundante, y noctámbulo cuyo mejor sueño fue siempre la literatura, él y otros de aquella partida alegre, bajo los luceros que le daban alegría a la playa de Las Canteras, consumieron cerveza en tal cantidad que fueron situando las botellas vacías, como en un desfile, a lo largo de la hermosa arena, de modo que esa exposición de envases ya inútiles se convirtió en una fila perfecta. Desde el mar hasta la orilla.

Eran esos los años de una juventud que estaba marcada por la búsqueda de las alegrías comunes, a las que se sumó Emilio que, aunque trabajaba muchísimo, acompañaba las juergas y también las organizaba. En aquella época ocurrió una anécdota que no me cansó de repetir siempre que se habla de las noches alegres de la vida isleña, en este caso de Santa Cruz, que aún no me tenía a mi como modesto participante.

Esta sucedió de madrugada, en la casa familiar de Emilio en la calle Costa y Grijalba, cuando aún Franco mandaba a callar, en este caso con gran parte de razón: qué es esto de cantar por las noches en casas de vecindad. Había tanto jaleo en esa casa que debió llamar el vecino a la policía municipal, y ésta se acercó siendo correo del enfado natural de aquellos que protestaban. Entre los invitados de Emilio esa noche estaba el entonces director de EL DÍA, Ernesto Salcedo, que se encaró educadamente con los agentes del orden. Por qué tanto griterío, preguntaron estos. «Estamos celebrando la caída del imperio romano». ¿Y eso qué es?, inquirió el guardia. Salcedo era así, de modo que contestó exactamente: «Eso es una fiestecita familiar».

Fue Emilio quien me contó esa y miles de anécdotas que convirtieron la época en una novela larga. Él mismo escribió entonces cuentos que contenían sucedidos que quizá pasaron, o no, en las noches plenas de su vida en las islas; aunque la verdad es que casi todo lo que inventó, y sigue inventando, retrataba la imaginación que guarda su cabeza que siempre estuvo habitada de fantasmas que a veces le venían a ver por la noche, cuando llegaba a su casa (eso lo vi yo mismo) cuando ya clareaba la mañana. Una idea le venía de pronto (una idea, un personaje, una historia) y en la misma escalera que lo llevaba al dormitorio se sentaba a dar suelta a las imágenes, e incluso a los sonidos, que seguramente lo acompañaran desde la tarde que prolongaban él y sus amigos hasta el infinito en que se produce el fin de la noche.

Para mi gusto aquel Emilio Sánchez-Ortiz era el más fértil de sus compañeros de letras, que alentaban, desde suplementos literarios y desde tertulias que combinaban varias generaciones de poetas, narradores y pintores, una época de increíble vitalidad creadora. Cuando ya se decidió por la novela como el género que mejor podría recoger esa locura de crear publicó una impresionante narración de la soledad (Proyecto de monólogo a tres soledades) que le editó su amigo Manuel Padorno en Taller de Ediciones JB, cuando ya estaba haciéndose lugar en la vida de París, donde fue generoso anfitrión de muchos de aquellos que le habíamos visto crecer como poeta y como hombre de teatro y como extraordinario cuentista mientras le ganaba tiempo a la playa y a las juergas de las noches que él y otros hicieron tan fértiles.

Ahora ese esfuerzo del que ya dio suficiente crédito a lo largo de su vida le ha asistido para escribir una novela de impresionante factura, Hacia la santa edad de todas las cosas comunes (Ediciones El Drago, con un espléndido cuadro de portada de Emilio Machado) que ha debido terminar, después de sus años de periodista y de escritor en de París, en una casa que parece de sueños sita cerca de Tegueste, en Tenerife, no muy lejos de donde yo mismo le veía culminar en la alta madrugada la última imagen que le regaló la noche. En este caso es una historia novelada de la vida española que él mismo pudo conocer, pues parte de su época de la niñez y acaba cuando, en los años setenta, aun perseguían las ideas ante el pelotón de fusilamiento al que llevaban a los díscolos o, como decía mi madre, a los desinquietos.

La novela es, como lo que siempre ha escrito Emilio Sánchez-Ortiz, un desafío a las reglas sintácticas o gramaticales, una reconstrucción del lenguaje como a él le da la gana hacerlo. Es, por así decirlo, un desafío a las reglas de la lengua, una burla y a la vez un monumento a la sintaxis, que sobresale como manera de la música y no daña la precisión de lo que quiere decir.

Exige atención, en todo caso, una mente dispuesta a la metáfora, y también la intención por saber lo que pasó en aquella guerra infinita. Lo que sucedió fue escrito en las paredes de las cárceles, en los aledaños de los campos de concentración; y fue escrito con sangre, y Emilio lo va diciendo con la intensidad de quien lo hubiera vivido al volver de la noche oscura del alma que la peor época de nuestras vidas. También la época más fértil de su propia memoria, alentada por el monólogo con el que todo escritor reclama a la multitud que lo acompañe en su escritura de hombre solo. Lo imagino escribiendo, la mano veloz recibiendo sueños.

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