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Rafael Dorta

Crónicas de la Revo-ilusión

Rafael Dorta

La azotea cósmica

Mi pequeña azotea cósmica tiene forma ovoidal. Un huevo rodeado de arcos que describen órbitas, por las que transcurre el tiempo. Desde este privilegiado observatorio compruebo el eterno volver a empezar tras haber completado cada ciclo. No dejo de hacer recuento de las maravillas que acontecen en la redondez del globo terráqueo, una pelota redonda a merced de jugadores que se disputan el azar. Sucesos que son círculos concéntricos en movimiento, esferas de vida microscópica que diviso con mis lentes especiales de aumento. Los seres de mi estudio corretean de un lugar a otro, gritan, se besan, muerden, ríen y lloran, aunque aún no termino de comprender la complejidad de sus emociones. Pienso mucho en cómo deben sentirse, aplastados bajo la fuerza de la gravedad, minúsculas porciones de gotas supervivientes. Y se dan mucha importancia. Demasiada. En mi experiencia errante, he llegado a la conclusión de que no hay que tomarse tan en serio al universo. Pero insisten, la ambición desmedida, ese pequeño grano que echa a rodar por una ladera y acaba en un alud que integra en su bola gigante todo lo que encuentra a su paso. Y a la vez, lo destruye. Otra curiosidad es la capacidad para odiar lo que aman y viceversa, y es que a los extremos solo les separa el canto de una moneda, apenas unos insignificantes milímetros de pasión asesina. Algunos progresos confirmados tras mis últimas revisiones sobre el estado general del cilindro humano dan lugar a la esperanza, a pesar de que la producción de estupidez en masa sea típica de sistemas que se apagaron hace trillones de años luz. Me divierto enormemente cuando contabilizo los nombres parabólicos que les ponen a sus creaciones: dios, patria, precio, marca, producto, virus, y no sigo. Mi azotea cósmica necesita descansar de dar tantas vueltas sobre su propio eje.

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